La Maldición del Espejo
Los hechos sucedidos.
Arthur se había quedado muy quieto, con los ojos abiertos de
par en par, con la cabeza cubierta de mermelada de frambuesa y arándanos -con
alguna tostada ocasional- y los otros tipos repartidos por gran parte de su chaqueta.
La chica -de menor estatura que él, muy guapa y con un
cuerpo bonito- temblaba, mirándolo horrorizada por lo que había hecho…
-Lo… Lo siento mucho…- Casi no le salía la voz, entrelazando
las manos delante de ella con torpeza, tratando de disculparse…
Helen, la cocinera, también se había quedado paralizada, con
la boca abierta en una mueca… al igual que Philip; Everton tenía una expresión
-moderada- de sorpresa, expectante por lo que ocurriría a continuación…
Arthur, viendo a la pobre chica que lo estaba pasando fatal
delante de él -suplicándole perdón sin parar-, pudo reaccionar al fin, comenzando
a negar con la cabeza y levantar una mano lentamente.
-No… pasa nada. Tranquila…- Intentaba calmarla, agitando la
mano de un lado al otro…
Pero entonces le cayó gran parte de la mermelada que tenía
deslizándosele por la cabeza en la cara, tapándole la visión.
-¡Oh, no! ¡No se mueva por favor!- Le pidió la chica,
aterrada, irguiéndose y saliendo corriendo por la puerta de la gran estancia…
Arthur notó que le ofrecían una servilleta delante de él:
era Philip. Entonces vio a Helen que se acercaba por detrás…
-Permíteme que te ayude a quitarte la chaqueta; la tendrás
limpia en seguida- le aseguró mientras Arthur sacaba los brazos de las mangas.-
Y disculpa a mi hija… Rosalyn ha empezado hace poco y es un poco patosa…
Arthur (con la cara más despejada) reaccionó al oír aquello…
-¿Es su hija?- Preguntó, interesado.
Helen asintió, sintiéndose en parte responsable por lo
ocurrido…
Entonces llegó corriendo Rosalyn por donde se había ido
hacía un momento; llevaba una toalla limpia en la mano, ligeramente humedecida,
y otra seca bajo el brazo…
Y volvió a tropezar. Pero esta vez fue ella la que cayó
sobre un Arthur anonadado…
Ambos, sin saber cómo, quedaron abrazados. Y quedaron así
durante un rato; si alguien les hubiera preguntado, no habrían podido decir
cuánto… Entonces, poco a poco, Rosalyn comenzó a abrir los ojos, aferrada aún
fuertemente a Arthur, y a ser consciente de la situación en la que se
encontraban…
-¡Oh! ¡Disculpe! ¡Lo siento mucho! ¡Yo…!- Trataba de
excusarse mientras se separaba apresuradamente… mientras Arthur (aturdido)
negaba y agitaba la mano como antes, indicándole que aquello no había tenido importancia…
Entonces la chica recordó que llevaba las toallas; y estaba
tan nerviosa que, al querer darle la que llevaba en la mano, se la acabó
tirando a la cara, cubriéndosela totalmente…
La pobrecilla se llevó una mano a la boca; todo aquello era
una pesadilla para ella… Las lágrimas comenzaron a brotarle por los ojos de
manera incontrolada antes de salir huyendo de allí, no sin antes darle la otra
toalla seca a su madre de manera apresurada y sin mirarla…
Arthur -que se había quedado como una estatua, cubierto por
la toalla húmeda- se destapó rápidamente
al oír los pasos de la joven alejarse… Solo quería decirle que no pasaba nada…
Entonces observó que, a sus pies, estaban las tostadas, cubiertos y el resto de
mermeladas, además de la bandeja con su tapa… todo desparramado…
-“La verdad es que aquí hay un buen desastre…”- No pudo
evitar reconocer el joven antes de limpiarse el pelo y la cara…
Al cabo de un rato (y tras haber recibido todas las
disculpas posibles por parte de la madre de la chica), finalmente pudieron
desayunar Arthur y el propio señor Everton.
-No se lo tenga en cuenta. Es muy buena chica- le rogó Everton,
obviamente refiriéndose a Rosalyn…
Arthur, que estaba maravillado con aquel desayuno que
degustaba con disfrute, se apresuró a negar nuevamente con la cabeza, esta vez
agitándola de forma rápida…
-Por supuesto que no. No ha ocurrido nada. Si yo le contara
los desastres que he llegado a
provocar…- Confesó.
Everton sonrió y agradeció la comprensión del joven. Para el
dueño de la casa, Rosalyn -al igual que Helen o Philip- era como un miembro de
su familia, como una hija. Siguió tomándose, satisfecho, su tostada con
mantequilla y miel…
Un minuto después, el señor Everton cayó en la cuenta de
algo.
-Por cierto. Su apellido: Naoum, ¿de dónde viene? ¿Turquía?-
preguntó con curiosidad…
Arthur terminó una tostada recubierta de mermelada de higo y
se limpió la boca con la servilleta antes de contestar.
-Siria. Es de donde es mi padre. Vino aquí hace muchos años
y conoció a mi madre, una inglesa- explicó.
Aquello despertó un súbito interés en el anfitrión.
-¿Ha estado alguna vez en el país de origen de su padre?
Arthur, con las manos juntas y entrelazadas y los codos
apoyados sobre la mesa, asintió con vehemencia.
-Una vez, acompañando a mi padre para ver a mis abuelos.
Pasé una temporada allí. Aprendí mucho…- Dijo, quedándose pensativo.
Everton le escrutaba, tratando de saber más de la persona
que tenía delante. Pero, al ver que se había quedado ensimismado en sus
recuerdos personales, decidió no seguir preguntando…
Ambos se terminaron el delicioso café casi a la vez.
-¡Uah! Este café es increíble- no pudo contener Arthur su
entusiasmo…
Everton esbozó una sonrisa, asintiendo una vez.
-¿Sabe quién lo ha preparado?- Dijo, guardando silencio para
crearle expectación.
Y lo había conseguido. Arthur se lo quedó mirando, esperando
la respuesta con gran interés… Everton dejó su taza y se dispuso a contestar.
-Rosalyn. Es la que mejor lo prepara de esta casa. Mejor
incluso que su propia madre…
Arthur abrió la boca; no se lo había esperado. Pero, ahora,
el café le sabía mejor todavía…
Entonces algo cambió en el ambiente… El desayuno había concluido.
Había llegado la hora.
Everton carraspeó ligeramente.
-Arthur. Le he pedido que viniera desde tan lejos porque he
oído que usted se dedica a investigar lo que, podríamos llamar, fenómenos… no
habituales- buscó las palabras…
-Paranormales- le corrigió
Arthur, intentando parecer que no lo hacía…
Era evidente que Everton había intentado evitar aquella
denominación que había aparecido recientemente; por lo menos, en su vida...
-De acuerdo. ¿Qué experiencia tiene en este tipo de… asuntos?- Le seguía costando referirse a
ello…
Ahora Arthur pareció transformarse. En aquel momento ya no
era el invitado. Era el investigador.
-Realmente llevo casi diez años dedicándome a estudiar este
tipo de fenómenos. Desde que estuve en Siria- reveló.
Everton quedó gratamente impresionado al saber aquello.
Pero, sobretodo, viéndole ahora: era diferente de hacía un momento…
Sabía que era la persona que estaba buscando.
Este fue el relato de Everton:
“Todo comenzó hace
tres años. Yo volvía de Bélgica, tras haber pasado allí una estancia
prolongada, por motivo de mis obligaciones como miembro del alto mando del
ejército. Una vez concluidas las mismas, se me concedió permiso para regresar
aquí con mi familia. En recompensa por los servicios prestados, se me
ofrecieron varios bienes que no pude rechazar: muebles, cuadros, esculturas…
Todo de un gusto exquisito y de gran valor y antigüedad. Menciono esto -que, en
apariencia, es baladí- porque será importante tenerlo en cuenta cuando llegue
al punto al que me quiero dirigir. Como decía, llegó el día en que regresé a mi
hogar, al lado de mi mujer, Lisa, y de mi hija: Elizabeth. Ambas eran mi mayor
tesoro en esta vida… Finalmente regresé, con los bultos que pude transportar, y
me reuní con ellas. Fueron días gozosos, como aquellos que había soñado tantas
veces mientras cumplía mis funciones en el extranjero…
Hasta que llegó el
resto de cosas. No puedo explicarlo, pero lo que sucedió a partir de entonces
lo atribuyo de forma indudable a la entrada de aquellos objetos en esta casa.
Lo sé. Debe saber, Arthur, que antes de su llegada, no hace demasiado, el
ambiente aquí era muy distinto. Había más sirvientes. La casa relucía
esplendorosa día y noche. La gente hablaba de este lugar como de una especie de
paraíso en medio de la nada… Pero entonces todo cambió.
Algo muy extraño
comenzó a pasar.
Primero eran ruidos;
muebles que eran arrastrados, golpes aislados, cosas así. Nada extraño,
teniendo en cuenta la cantidad de gente que podía haber a lo largo del día recorriendo
los diferentes pisos y estancias. Pero los ruidos continuaban. Y eran más
fuertes e inquietantes… Lo primero que hicimos mi esposa y yo fue echar una
reprimenda a los miembros del servicio por su aparente falta de cuidado y de
respeto hacia los demás habitantes de la casa. Pero aquellas personas
aseguraban que hacían su trabajo con el máximo cuidado del que eran capaces. Y
sabíamos que eran sinceros. Decidimos atribuirlo a alguien que, probablemente, no
decía la verdad por temor de perder su trabajo. Siendo así, no insistimos más,
confiando en que aquella llamada de atención hubiese sido suficiente.
Nos equivocábamos. Los
ruidos se multiplicaron, sonando de varios lugares al tiempo y resultando
incluso amenazadores… No podía ser obra de una sola persona… Decidimos que, al
día siguiente, volveríamos a reunir a los sirvientes y a mostrarnos más duros
con ellos, tomando las medidas pertinentes si fuera necesario. Lo hicimos así
porque aquella noche llegarían unos invitados, familia de mi esposa en su
mayoría, y no queríamos que el ambiente estuviera enrarecido por algo tan
desagradable.
Y esa noche fue la que
lo cambió todo.
Estábamos alrededor de
la mesa y disfrutábamos de la cena preparada por nuestro anterior cocinero, un
excelente maestro llegado de Francia hacía varios años. A pesar de continuar
escuchándose aquellos extraños ruidos -que, en ocasiones, no estábamos seguros
de donde provenían exactamente-, y de alguna ocasional pregunta de alguno de los
presentes al respecto, tratábamos de aparentar normalidad. Pero aquello no era
normal.
Entonces sonó un golpe
terrible justo encima de nuestras cabezas. Como si el techo tuviera que venirse
abajo, aunque la lámpara no se moviera un ápice. Todos nos asustamos. Algunos
se levantaron y miraron de inmediato hacia arriba. El desconcierto era general;
unos se miraban a otros, preguntándose qué habría podido provocar aquel ruido
descomunal. Entonces llegó el pánico.
La lámpara se apagó de
pronto, quedando la sala tan solo iluminada por la luz de la chimenea ardiendo.
Y volvió a suceder: un brutal estruendo tuvo lugar en el mismo lugar en el que
nos encontrábamos. Los gritos no se hicieron esperar; todos corrían como pollos
descabezados de aquí para allá… Yo mantuve a mi mujer y a mi hija cerca de mí,
tratando de vislumbrar al maldito responsable de todo aquello…
En ese momento el
fuego de la chimenea dio una llamarada y se extinguió en el acto.
Los gritos de terror
helaban la sangre mientras una serie de golpes, casi tan fuertes como los
anteriores, se sucedían como martillazos…
La lámpara se encendió.
Aunque solo algunas de las luces, débiles y parpadeantes… Y en ese instante lo
vimos…
El hermano de mi
mujer, un hombre alto y fuerte, aparecía ante nuestros ojos colgado de la
lámpara… por los intestinos…
Las mujeres se
desmayaban mientras la sangre caía a chorros sobre el suelo… los hombres se
armaban, cogiendo lo que encontraban… Pero lo que debíamos hacer era salir de
allí…
Les dije a todos que
salieran por la puerta. Pero cuando otro de los familiares de mi esposa pasaba
al lado de los ventanales, estos estallaron, acribillándole los innumerables
trozos de cristal. No pudimos hacer nada por él…
A aquellas alturas, la
mayoría ya estaba en el hall, tratando de abrir la puerta principal…
Pero esta no se abría.
Ni siquiera entre varios éramos capaces de conseguirlo… A pesar de que mi
esposa y yo intentábamos persuadirlos, muchos subieron corriendo las escaleras,
buscando desesperadamente una salida…
Volvió a apagarse la
luz. Después de los gritos tuvimos el ánimo suficiente para darnos cuenta de
que faltaban varios… Habrán subido, pensamos. Pero no fue eso. En las cuerdas
superiores de las cortinas se encontraban las otras hermanas de mi mujer,
ahorcadas… Y, sus respectivos maridos -los que aún estaban vivos- habían
corrido distinta suerte: uno lo encontramos ensartado en la espada de una de
las estatuas de bronce, como si aquel individuo inanimado le estuviera mirando
desafiante a sus ojos sin vida. Y el otro… ni siquiera en ninguna de las
batallas en las que participé vi algo parecido…
Estaba encajado,
totalmente descoyuntado, entre las barras del pasamano de la escalera…
Nos enfrentábamos a
alguien con una fuerza extraordinaria, o a varios… O a otra cosa…
Pero entonces los
ruidos cesaron. La puerta emitió un sonido, un chasquido… Ahora podía abrirse.
Solo quedábamos mi
esposa, mi aterrorizada hija y yo mismo. En ese momento comenzaron a llegar los
sirvientes, alegando que no habían podido salir de sus habitaciones mientras
todo estaba teniendo lugar…
La noche pasó. Y los
días. Y las semanas. Los sirvientes, por miedo, fueron abandonando la casa, hasta
que no llegó a quedar nadie. Tan solo yo y mi familia. Y luego empezaron las
habladurías… Pero los fenómenos no volvieron a repetirse.
No hizo falta. Mi
esposa, destrozada desde aquel día por la horrible muerte de todos sus hermanos
por algo que no sabíamos qué era, tras enterarse de la muerte en extrañas
circunstancias de sus ancianos padres, se quitó la vida… en la bañera, con una navaja...
Ya solo tenía a mi
hija.
Pero un día, de noche,
escuché cómo salía de su habitación. Extrañado, la seguí. Cuando quise darme
cuenta, ya había subido a la parte alta de la casa, al exterior. Iba como
sonámbula, descalza y con su camisón, dirigiéndose sin detenerse hacia un
extremo, hacia el vacío…
Aunque traté de ir
hacia ella, la puerta se cerró de golpe en mi cara, sin poderla abrir…
Y, para mi desesperación,
tuve que contemplar a través del ventanuco de la puerta, sin poder hacer nada, cómo
lo que más quería en este mundo saltaba a la oscuridad de la nada…”
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