6 WARRIORS
Un cortejador muy ágil.
Hacía varias horas que el día había comenzado en la ciudad de Changshia; un día soleado y caluroso a aquellas horas. La gente ya se encontraba inmersa en sus rutinas diarias y las calles principales aparecían abarrotadas.
En una de dichas calles principales, en la zona oeste de la ciudad, había una fonda que era especialmente famosa por dos razones: una, por su plato especial de sopa de pescado con verdura; y la otra…
El interior estaba lleno de gente.
-¡Tres platos de la sopa especial por aquí!- Se oía desde una mesa.
-¡Un plato de la sopa de la casa, por favor!- Se oía desde otra.
Las dos camareras no daban abasto. Eran dos jóvenes muy parecidas. Una, la hermana mayor, tenía dieciséis años, era muy guapa y tenía el pelo, largo hasta el final del cuello, de color negro; y los ojos del mismo color. Su hermana menor, de catorce años, era también muy agraciada y llevaba el pelo recogido en un moño con una aguja. Ambas vestían ropa parecida: blusa, pantalones ajustados y zapatillas sencillas; la mayor de color rojo oscuro y la menor de color rosa oscuro. Iban de una mesa a otra tomando nota a los clientes y sirviendo los platos que les pedían; principalmente la sopa especial. Al mismo tiempo, tras la barra, un hombre de cerca de sesenta años, casi calvo y con bigote gris y frondoso, servía licores de todo tipo a la abundante clientela que se acercaba a la misma.
En una mesa de la zona central del local había una mujer muy atractiva sentada en una mesa para dos. Aún no se había servido la comida. A su lado había un joven de diecisiete años, de altura y constitución media, con el pelo no muy corto de color amarillo y ojos de color marrón claro; iba ataviado con una camisa blanca de manga larga, ancha y metida por dentro, pantalones marrón oscuro no muy anchos, un cinturón ancho color verde oscuro y zapatillas sencillas negras. Estaba inclinado hacia ella hablándole en voz baja casi al oído, casi en susurros… La mujer sonreía y emitía una risita de vez en cuando…
Las dos camareras vieron la situación y se iban intercambiando miradas de preocupación… Se temían lo peor…
Entonces irrumpió en el local un hombre de treinta y pico años; estaba sudando y jadeaba. Miró hacia la mesa y contempló la escena.
-¡Tú! ¡Nadie me había robado el carro! ¡Pero alguien me lo había cambiado de lugar!
El joven se giró y la mujer miró hacia el hombre que había entrado precipitadamente con sorpresa, como si volviese de un sueño…
-Oh-oh…- El joven se incorporó y comenzó a retroceder.
La hermana mayor negaba con la cabeza cerrando los ojos hacia el suelo y la hermana menor se llevaba una mano a la cara.
-¡¿Qué estás haciendo con mi mujer?!- Vociferó aquel hombre que se iba recuperando y se disponía a salir corriendo tras el joven…
El joven miró hacia el dueño del local y este, con expresión de resignación, le señaló hacia una puerta que había detrás de la barra, en un extremo, y que daba al exterior.
El joven sonrió y salió disparado hacia la barra.
-¡Alto, desgraciado!- El hombre emprendió la persecución.
El joven saltó ágilmente por encima de la barra y salió por la puerta. El hombre no se vio capaz de saltar y decidió pasar por detrás de la barra. El dueño de la fonda lo esquivó fácilmente cuando pasó a su lado como una exhalación sin cambiar su expresión de resignación. Cuando hubo salido por la misma puerta que el joven, toda la gente del local, que no se había perdido un detalle de todo lo que había pasado, estalló en aplausos y vítores. Las dos jóvenes se acercaron a su padre, mirando hacia la puerta trasera. Entonces este suspiró antes de hablar.
-Deberíamos empezar a cobrar por el espectáculo…
La gente en la calle tenía que apartarse ante el paso feroz de aquel hombre que ya no podía más… Sudaba mucho y casi no podía respirar; aún así seguía corriendo, trastabillando de vez en cuando, preso por una furia terrible…
Desde lo alto de una de las casas, en el tejado, el joven se encontraba erguido contemplando como aquel hombre pasaba por debajo y se iba alejando en la dirección en que pensaba que le encontraría… Sonrió con algo de compasión.
Entonces, algo llamó su atención. Se agachó un poco y aguzó la vista para mirar a lo lejos, hacia la calle ancha que quedaba paralela a la que se encontraba. No estaba muy seguro, pero creía haber reconocido a alguien. Desde aquella distancia se distinguía bastante a una joven ataviada con la armadura completa del ejército imperial; tenía el pelo muy largo y con volumen, color violeta, recogido en una cola. El joven parpadeó un par de veces.
-¿Feng?
Cuando habían pasado unas tres horas, el joven decidió que ya habría pasado el “peligro”… Bajó hasta la calle y se dirigió de nuevo a la fonda.
Cuando entró por la puerta principal, aún no había mucha gente en el interior. Todo cambiaría al aproximarse la hora de la cena… La menor de las hermanas, al reparar en su presencia se giró hacia él. Este le sonrió y la chica hizo lo mismo al tiempo que iba negando con la cabeza dirigiéndose hacia otra mesa que había que preparar. Más adelante vio que la hermana mayor estaba limpiando otra y, aunque hacía como que no sabía que había entrado, pudo ver como le miró furtivamente durante un segundo… Luego siguió con lo que estaba haciendo, como si no le hubiera visto. Y, tras la barra, se encontraba el dueño de la fonda, que al verle dejó la botella que tenía en la mano sobre la superficie de la barra y se cruzó de brazos con expresión reprobadora. El joven, al percatarse, bajó un poco la cabeza al tiempo que se llevaba una mano detrás de la cabeza y esbozaba una sonrisa ligeramente temerosa…
-Ya lo has vuelto a hacer, Yun…- Dijo, el dueño, tranquilo y sin cambiar la expresión…
-Je, je…- Rió nervioso.- Lo siento… No puedo evitarlo… Muchas gracias por permitirme la salida… Sé que no le hace mucha gracia que salte por la barra…
-En realidad no me hace ninguna- contestó el hombre, taxativo.
Entonces, al cabo de unos segundos, el dueño se relajó y sonrió comprensivamente… Esto hizo que el joven también se relajara y sonriera más abiertamente. Entonces, unos pasos veloces y decididos se aproximaron por la izquierda de Yun. Apareció la hermana mayor dejando la bandeja llena sobre la barra de forma brusca, obligando al joven a apartarse…
-¡Ey, Hui! ¿Qué te pasa?- le preguntó Yun, haciéndose el extrañado…
Hui lo fulminó con la mirada. Yun tuvo el impulso de irse hacia atrás…
-Vamos, Qi; los clientes no tardarán mucho en llegar- le dijo con evidente tono molesto a su hermana menor.
Qi, que no había perdido detalle de la escena, quedándose parada, se puso en marcha de inmediato tras las órdenes de su hermana…
Yun contempló a las dos hermanas mientras trabajaban. Entonces, el padre de las chicas puso sobre la superficie de la barra una bandeja con un trapo encima. Yun lo miró y sonrió al hombre.
-¡Entendido!- Dijo de forma jovial antes de coger la bandeja y el trapo y ponerse a ayudar a Hui y Qi.
Aquella noche habían tenido bastante trabajo. El hecho de que Yun no volviera a intentar “conquistar” a la mujer de nadie hizo que la tensión disminuyese…
Cuando ya no había nadie más, el dueño decidió que había llegado la hora de cerrar. Terminaron los últimos detalles y recogieron. El dueño de la fonda fue el primero en subir a su habitación del piso superior.
-Buenas noches, hijas.
-Buenas noches, papá- dijeron casi a la vez.
-Buenas noches, Yun.
-Buenas noches, señor Leng- contestó Yun apoyado en el respaldo de una silla de una de las mesas, algo cansado…
Qi también se despidió. Solo quedaron Hui y Yun.
Hubo un rato de tenso silencio. Hui miraba con detenimiento alrededor por si había quedado algo por hacer, haciéndose la distraída… Mientras tanto, Yun no le quitaba la mirada de encima. Y Hui lo sabía…
Finalmente, Hui se dirigió hacia la puerta que llevaba al pasillo donde se encontraban las escaleras que ascendían al piso superior, a su habitación.
-Buenas noches, Hui- dijo Yun, como si intentara retenerla…
Hui se detuvo y se giró, haciendo como si se hubiese olvidado que Yun seguía ahí…
-Buenas noches- dijo, pareciendo que lo hacía por compromiso…
Yun vio una ligera sonrisa de satisfacción en sus labios. Hui desapareció. Yun se quedó un rato en la oscuridad, interrumpida tan solo por el resplandor de la luna llena. Entonces sonrió y comenzó a incorporarse mientras negaba con la cabeza.
Entonces, por el cristal de la parte superior de la puerta de entrada, tras el visillo, vio pasar a alguien. Durante un instante, una ligera brisa que se había colado del exterior, movió levemente el visillo revelando la identidad del viandante nocturno: era el joven de la capa blanca. Yun abrió mucho los ojos, incrédulo. Se dirigió a toda velocidad a la puerta, ya cerrada. Fue corriendo a buscar la llave detrás de la barra. Pero aunque se dio mucha prisa, al salir al exterior solo vio pasar un gato en la lejanía, mientras se escuchaba el ladrido lejano de un perro y algunas personas que hablaban cerca. Ni rastro del joven de la capa blanca.
-¿Pero qué está pasando aquí?
Yun se encontraba tumbado sobre su cama en la pequeña pero acogedora habitación que ocupaba desde hacía dos años. A cambio de poder ocuparla ayudaba al señor Leng y a sus dos hijas. La madre de las chicas había fallecido poco antes de que él llegara…
Pensaba sobre las dos personas que había visto hoy. Dos personas de su pasado… en el mismo día… ¿Significaría algo?
Tras un rato dándole vueltas, se dio cuenta que un lugar había estado protagonizando sus recuerdos durante las últimas horas.
-“¡La escuela de artes marciales!”
No sabía por qué pero sintió que tenía que ir allí… Y eso es lo que haría al día siguiente.
En la escuela de artes marciales, bajo el cielo nocturno, se encontraba Gavin, de pie junto a la barrera natural que separaba las fuentes termales. Al otro lado podía oír hablar a Yi y a Xin. Levantó un pie lentamente dispuesto a avanzar…
-Ni se te ocurra…- Dijo Yi muy en serio…
Gavin volvió a poner el pie en el suelo y, con expresión de circunstancias, comenzó a retroceder de forma lenta pero continua…
A la mañana siguiente, tras terminar con sus tareas matinales, Yun se despidió hasta el mediodía diciendo que tenía cosas que hacer. Hui recelaba sobre cuáles serían dichas “cosas”…
Llegar hasta la escuela le llevaría bastante rato. Iba esquivando a las numerosas personas que solían ocupar las calles a aquellas horas. Hacía calor.
Yun llevaba un rato caminando cuando vio a un hombre orondo, calvo y con el bigote muy largo, que llevaba un buey. Yun se sobresaltó y se metió en el primer local que encontró, de hierbas medicinales, hasta que pasó de largo…
-“Por poco…”
Cuando se hubo asegurado que se había alejado hasta dejar de verlo, terminó de salir del local y prosiguió su camino.
Al rato, justo cuando un carro iba a pasar a su lado, Yun vio a un hombre con expresión muy seria, que venía caminando muy cerca, por el lado derecho de la calle.
-“¡Oh, no!”
Yun se ocultó al lado del carro en movimiento, retrocediendo hasta que aquel hombre pasó de largo con paso rápido. Yun resopló y siguió caminando.
Además, por el camino tuvo que ocultarse tras una anciana, un barril, e incluso unas gallinas que saltaban, al ver aparecer en cada caso a otro “conocido”…
Iba mirando atentamente a su alrededor, por si acaso…
Al pasar al lado de una fonda, un hombre con el pelo negro y corto y bigote cuidado, le vio pasar. Dio un puñetazo sobre la mesa donde estaba e hizo un gesto a tres hombres que había sentados al fondo del local…
Al cabo de un rato, Yun giró a la derecha y se internó en una calle estrecha y solitaria. Pensaba que aquí no habría peligro de encontrarse con ningún marido “rencoroso”… Pero se equivocaba.
De una calle aún más estrecha, más adelante a la derecha, salieron los tres hombres del local, armados con garrotes. Yun se detuvo. No reconocía a ninguno… Entonces se percató de que alguien venía por detrás… Yun se giró.
-“A este sí que le he visto antes…”
El tipo del local también llevaba un garrote, grueso e irregular.
-¿Te acuerdas de mí? Ya tenía ganas de verte…
Yun no dijo nada. Se quedó pensando en la mujer del tipo que tenía delante: muy atractiva, con el pelo largo, rizado y los ojos claros… Y su escote…
Entonces, sin darse cuenta, sonrió ante el agradable recuerdo…
El tipo lo vio y pensó, acertadamente, en la causa de su sonrisa…
-¡Acabad con él!- Gritó a sus secuaces.
Estos se aproximaron a Yun y le rodearon. Este evaluaba la situación. Ahora ya estaba centrado en el combate.
El que estaba justo tras él se abalanzó con un golpe descendente del garrote… Yun, ante el asombro de todos, saltó ágilmente por encima de él y cayó elegantemente varios metros al otro lado. El atacante se giró, asustado, pero volvió a la carga… Esta vez le atacó con la punta del garrote, sosteniéndolo firmemente con ambas manos… Yun saltó, apoyando un pie levemente sobre el garrote y golpeándole en la cabeza con el otro como si le diera una patada a una pelota… El secuaz cayó al suelo y el garrote a su lado. Se quedó quieto.
Los otros dos se dispusieron a acabar con él… Se colocaron uno a cada lado. El de la izquierda de Yun hizo descender el garrote con furia… Entonces el joven miró de reojo al otro… y simplemente se apartó, dejando que el golpe impactara sobre el pobre tipo, que cayó al suelo sin sentido… Rápidamente, aprovechando la estupefacción del otro, le sujetó el brazo de la mano con la que sujetaba el garrote, y le dio un codazo en el estómago. El tipo cayó primero de rodillas, y luego hacia delante hasta el suelo, quedando inconsciente.
-Menos mal que estos son tontos…- Le dijo Yun al hombre, que apretaba los dientes y temblaba de furia al escuchar estas palabras…
-¡Son mis hermanos!- Exclamó al tiempo que salió corriendo en dirección a Yun con el largo garrote preparado…
Con un ataque circular intentó darle en la cara, pero Yun lo esquivó inclinándose hacia atrás; luego le atacó varias veces con la punta, pero Yun lo iba esquivando fácilmente… Y el último ataque lo detuvo agarrando el garrote con las dos manos. Antes de que el tipo reaccionara, Yun hizo palanca hacia abajo haciendo que el extremo contrario del garrote impactara en el mentón del tipo, elevándolo del suelo mientras lo soltaba y cayendo en el suelo de espaldas con los ojos en blanco. Yun cogió el garrote con una mano y lo lanzó a un lado.
Miró a su alrededor, se sacudió las manos y siguió su camino… corriendo, por si acaso…
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