El dragón solitario
I
La luna llena iluminaba intensamente, en una noche despejada y estrellada, el reino de Golosia. Sus habitantes dormían a aquellas horas, incluyendo su rey.
El rey Chocolius II, hijo de Chocolius I, el Molón, dormía apaciblemente en su cama, en el castillo real. Pero su sueño se vio súbitamente interrumpido…
-¡Aaaaaaaah!- Era la voz de una chica muy joven.
El rey reconoció el grito de inmediato: se trataba de su hija, la princesa Vainilla.
Se levantó de inmediato y se puso sus pantuflas reales atropelladamente; corriendo torpemente por la preocupación salió por la puerta de sus aposentos y se dirigió hacia la habitación de su hija a través de los desiertos pasillos del castillo, ataviado con su camisón blanco y su gorro de dormir, los cuales se le descolocaban cada dos por tres.
El rey corría desesperadamente; le parecía que no llegaría nunca…
-¡Guardias! ¡Guardias!- Llamó con voz que evidenciaba su preocupación.
No tardaron en aparecer varios guardias armados con espadas.
-¡Majestad!- Dijo el que iba en cabeza.
-¡La princesa! ¡Rápido! ¡Acudid en su ayuda! ¡¿Es que no la habéis oído?!
El guardia asintió sin contestar y se dirigió de inmediato junto a los demás a los aposentos de la princesa Vainilla.
El rey vio más adelante como abrían la puerta y entraban en la habitación.
Cuando llegó vio a los guardias de pie, observando los grandes ventanales que estaban abiertos de par en par, y los visillos y las cortinas ondeando, a pesar de que no hacía viento en la estancia… La cama estaba vacía. Entonces se dio cuenta de que los guardias estaban viendo algo más allá de los ventanales… El rey se acercó lentamente mientras se fijaba mejor. Allí, en el cielo, a lo lejos, un dragón se alejaba volando sosteniendo en una de sus garras a alguien: su hija.
El rey se quedó mudo, temblando. Finalmente, sintió que las fuerzas lo abandonaban y se tuvo que apoyar en el pie de la cama. Sus hombres fueron a atenderle de inmediato.
-Re… Reunid a todo el mundo… Que se dé el aviso… La princesa ha sido raptada…
El rey Chocolius no pudo terminar de hablar. Perdió el conocimiento mientras los guardias lo sujetaban para que no cayera al suelo…
A la mañana siguiente, un pregonero del rey se encontraba en la plaza central, rodeado por una multitud que había acudido a la llamada de inmediato. El pregonero extendió un rollo de papel y leyó en voz alta.
-La princesa ha sido raptada por un dragón. Este huyó hacia las montañas del este. Se cree que allí es donde podría estar cautiva la hija del rey. Se ofrece una recompensa de diez mil monedas de oro a quién se la devuelva a su majestad, el rey Chocolius.
La gente de alrededor prorrumpió en multitud de murmullos que parecían uno solo. El sentimiento general era de consternación. Pero nadie se atrevió a dar un paso adelante para ofrecerse a ir a rescatar a la princesa…
El rey ordenó, desde el momento en que hubo recuperado la consciencia, que se pusieran el mayor número de carteles posible anunciando la recompensa por traer de vuelta a la princesa Vainilla…
El rey había pasado toda la mañana sentado en su trono, esperando la llegada de algún guerrero, caballero… o quien fuera que se ofreciese a tan arriesgada misión.
-Compréndalo majestad… No hay mucha gente dispuesta a enfrentarse a un dragón…- Dijo el consejero real al rey.
El rey no dijo nada. Permanecía con el ceño fruncido, en silencio, pensativo…
En la ciudad, una figura montada en un caballo se detuvo ante uno de los carteles. De inmediato, emprendió el camino hacia el castillo del rey.
-¡¿Es que no hay nadie que tenga valor en este reino?! ¡Si es necesario iré yo mismo!- Vociferaba el rey yendo frenéticamente de un lado a otro, haciendo caso omiso de su consejero que intentaba calmarlo…
Entonces se escucharon pasos corriendo que provenían del pasillo del exterior… De golpe, se abrió la puerta doble de par en par y entró a toda velocidad y atropelladamente un joven con el pelo castaño no muy corto y los ojos azul claro; llevaba una túnica azul no muy oscuro, pantalones negros, cinturón, botas y guantes marrones y una espada enfundada a un lado de la cintura. Se quedó en medio, jadeando y sudando… Inmediatamente entraron dos guardias armados con lanzas.
-¡Alto ahí!- Dijo uno agarrándole.
-¡Te tenemos!- Dijo el otro haciendo lo mismo.
-¡Majestad!- Dijo el joven, apretando los dientes y haciendo esfuerzo por resistirse a los guardias…
El rey se había detenido y observaba la escena con atención y curiosidad.
-¡Majestad! ¡Yo iré a salvar a la princesaaaaa!- Gritó el joven, decidido.
El rey se quedó callado unos instantes… y comenzó a reír a carcajadas. El consejero negaba con la cabeza con los ojos cerrados, con una expresión de compasión.
-Te hemos dicho que aquí no pintas nada- dijo uno de los guardias, manteniendo la presa que le estaba haciendo al joven.
-No durarías ni una hora más allá de los límites de la ciudad- dijo el otro haciendo lo propio.
-¡Dejadme! ¡Majestad!- Protestó el joven.
El rey se cansó de reír y se acercó al joven.
-Muchacho… Vuelve a casa…- Le dijo con tono amable y paternal.
-Majestad… Sé que puedo traer de vuelta a su hija…- El joven comenzaba a desesperarse por la incomprensión que le rodeaba…
Entonces el rey le miró a los ojos y vio algo… una luz especial…
-¿Cómo te llamas?- Le preguntó, muy serio.
-Mi nombre es Dart Insisthen.
El rey se quedó unos segundos pensando sin dejar de mirarle.
-Soltadle- dijo al fin.
Los guardias obedecieron la orden y retrocedieron unos pasos, poniéndose firmes.
Dart se puso bien la ropa y el pelo.
-Muy bien, muchacho… Eres el único valiente que se ha ofrecido voluntario para esta misión. Confío en ti.
-Gracias, majestad. No me detendré hasta cumplir mi cometido- dijo Dart haciendo una especie de reverencia que no le acabó de salir muy bien…
Dart salió del castillo y se dirigió hacia donde se encontraba su caballo, un potro de color marrón no muy claro, el cual estaba situado, cruzando el puente levadizo, al lado de un árbol.
-¿Cómo ha ido?- Le preguntó el caballo a Dart.
-Tenemos que ponernos en marcha de inmediato- le dijo escuetamente mientras subía a su lomo.
-No me puedo creer que te hayan tomado en serio…
-¡Vamos, Corcelius! ¡Hacia las montañas del este!- Exclamó con entusiasmo señalando con el dedo.
-Eeeeh, eso es el oeste…- Le rectificó Corcelius.
-¡Hacia las montañas del este!- Repitió, ahora sí, señalando en la dirección correcta.
-Veremos como acaba esto…- Dijo Corcelius para si mismo.
Dart y Corcelius se alejaban por el sendero rodeado de árboles que bordeaba el castillo real, en dirección al bosque que quedaba ya fuera de los límites de la ciudad, mientras el sol brillaba en lo alto de un primaveral cielo despejado. Y alguien, desde detrás de un árbol, montado sobre un caballo negro, vigilaba atentamente a Dart mientras este iniciaba su misión…
Cuando llevaban más de una hora avanzando, ya se encontraban inmersos en el bosque. A su alrededor se percibía un silencio ruidoso, debido a los innumerables sonidos de aquel lugar. Continuaron avanzando por el camino un poco más hasta que comenzaron a escuchar voces y algunas risas desde un lado del sendero… Dart y Corcelius se quedaron quietos, expectantes; no les daba tiempo a esconderse…
Entonces, de entre los árboles, aparecieron tres chavales no mucho más mayores que Dart; iban hablando y riendo mientras se empujaban de vez en cuando. Su aspecto alarmó a Dart…
-¡Ey, mirad!- Dijo el más bajito de los tres.
-Pero si es un viajero…- Sonreía maliciosamente otro, el más delgado. Este iba jugueteando con una navaja…
-¡Eh, tú!- Comenzó a decirle el más gordo de ellos-¿Llevas monedas?
Dart se alarmó y desenvainó la espada señalando al que le acababa de hablar. Estaba totalmente en tensión… Pero, para su sorpresa, los tres chavales parecieron asustarse mucho…
-¡Tranquilo, tío!- Dijo el más gordo yendo hacia atrás. Los otros dos también miraban nerviosos hacia la espada…
Entonces, Dart vio como los ojos del chaval más gordo se humedecían de una forma exagerada, haciendo el efecto de que estaban sumergidos en aguas que se iban agitando… Aquella mirada comenzaba a inquietarle…
-¡Esto no era necesario!- Comenzó a correr por la dirección a la que se dirigían inicialmente, con actitud de indignación, mientras dos hilos de lágrimas surcaban el aire que dejaba atrás-¡No lo era!- Se escuchó más lejos, cuando se le dejó de ver…
-¡Solo te pedía cambio de monedas de oro por monedas de plata…!- Protestaba el más bajito siguiendo preocupado a su amigo.
Entonces Dart vio que el más delgado se le acercaba pelando una naranja con la navaja.
-¡Vamos a comprar medicinas para nuestra abuelita y le vamos a hacer la compra! ¡Por eso necesitábamos el cambio! ¡Porque si no la señora de la tienda se molestaaaa…!- Esto último lo dijo levantando la voz y comenzando a llorar también mientras salía corriendo tras sus dos compañeros…
-¡Buuuuuhuuuuu! ¡Cómo se ha pasado…!- Oyó Dart decir desde más lejos al chaval gordo, por lo visto muy afectado…
-¡Tranquilo, estamos aquí!- Escuchó decir al bajito.
-¡Sí! ¡Nosotros te apoyamos, tío! ¡Buuuaaaaa!- Dijo sollozando el delgado.
Dart y Corcelius se quedaron con los ojos muy abiertos y la boca también abierta casi en una mueca, paralizados…
-¿Qué… Qué acaba de pasar?- Le preguntó Dart a Corcelius dudando de que este le pudiese dar una respuesta…
-Creo que les hemos juzgado mal…- Dijo Corcelius, intentando ser suave con la explicación, en lugar de decir lo que realmente pensaba de aquellos tres…
Dart y Corcelius decidieron continuar en cuanto se recuperaron.
Pasó largo rato y el trayecto transcurrió con tranquilidad. Entonces, atravesando el camino ante ellos, apareció una anciana con el pelo largo, blanco y enmarañado, nariz ganchuda y barbilla prominente, ligeramente encorvada y vestida con ropas oscuras y algo viejas. Caminaba a toda velocidad… la que podía…
Dart, ante la sorpresa de Corcelius, desenvainó la espada y, con la misma, señaló a la anciana.
-¡Detente, bruja!- Exclamó con voz agresiva.
La anciana se detuvo, percatándose en aquel momento de la presencia de Dart y Corcelius. Se giró hacia ellos.
-¡No me molestes! ¡Tengo prisa!- Dijo antes de intentar proseguir.
-¡No creas que tu magia maligna me asusta!- Dijo, desafiante, provocando que la anciana se tuviera que detener de nuevo…
-¡Que te calles y me dejes, que llego tarde a la escoba-escuela!
Dart y Corcelius se quedaron extrañados.
-¿Esco… Escoba-escuela?- Preguntó Dart.
-¡Sí, idiota! ¡Me estoy sacando el carnet E de conducir escobas! ¡Hoy tengo el examen teórico! ¡Y tú me estás entreteniendooo!
Ante la perplejidad de Dart y Corcelius, la bruja se perdió al otro lado del camino, avanzando más veloz que antes para compensar el tiempo perdido…
-Deberías controlarte un poco a la hora de desenvainar la espada…- le aconsejó Corcelius.
Dart no dijo nada y envainó la espada. En silencio, continuaron.
-Tranquilo… Si solo decimos que nos hemos encontrado una bruja ya impresionaremos lo suficiente por ahí…- Intentó animar Corcelius a Dart.
Este siguió sin contestar mientras continuaban avanzando a través del bosque.
Tras varias horas, finalmente salieron del bosque. Llegaron al borde de un precipicio desde el cual se divisaban las montañas del este, las cuales, desde la distancia, daban cierta impresión de estar hechas de cristal.
-¡Allí está la princesa! ¡Vamos, Corcelius!
-¡Vale!- Contestó Corcelius contento de ver a Dart más animado.
Comenzaron a bordear el precipicio en busca del camino para llegar al otro lado.
Mientras tanto, un joven de más o menos la edad de Dart, con el pelo rojo no muy corto, ojos grises, vestido totalmente de negro, con una espada en su vaina a un lado de la cintura y montado sobre un caballo negro casi adulto, observaba como Dart y Corcelius se alejaban, tras haberles estado siguiendo todo el tiempo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario