El Astronauta
La misión.
John Hawke se encontraba bajo la bóveda celeste, contemplándola. Estaba en medio del campo, cubierto de césped, situado justo al lado del edificio de residentes de la base aeroespacial de Nevada. Las instalaciones pertenecían a la agencia privada SH (Space Horizon). El ex-marine del ejército de los Estados Unidos había salido hacía un rato; y se paseaba de arriba abajo sin apenas bajar la vista al suelo por el que pisaba. Era una noche despejada y algo fresca del verano a punto de acabar.
Es el mes de septiembre del año 2029.
John Hawke era un hombre de 38 años; era alto y corpulento y sus facciones eran ligeramente duras; tenía el pelo corto y castaño; sus ojos eran grises y su mirada era serena; y en la misma se veía reflejada cierta tristeza… Iba ataviado con la ropa que le había proporcionado la empresa para moverse por las instalaciones: pantalones gris oscuro, anchos y con múltiples bolsillos; chaqueta del mismo color en el cual se podía leer la inscripción “Hawke” a un lado; cinturón y botas medias de color negro; bajo la chaqueta abierta llevaba una camiseta blanca de tirantes y, al cuello, aún portaba su placa de militar.
Iba hacia un lado unos metros, y luego daba la vuelta o tomaba otra dirección. Necesitaba pensar, estar solo, reflexionar… Contemplar el cielo nocturno estrellado siempre le había ayudado. La verdad es que no tenía ni idea de cómo se llamaba ninguna estrella ni ninguna de aquellas constelaciones que en aquel lugar quedaban tan claramente dibujadas en el firmamento… pero daba igual; podía estar allí hasta el amanecer… Y no faltaba mucho ya. Apenas unas horas para el gran día. Había estado preparándose durante ocho meses para aquella misión: él, junto a otras personas, sería enviado a la Estación Orbital, construida hacía diez años, y, de ahí, a la base en la Luna. No conocía los términos de la misión. Pero sabía que debía ir.
Antes de que le ofrecieran participar en la misma, teniendo que abandonar el ejército para ello, había vivido un año de pesadilla… Su hijo pequeño, que le tenía como un héroe, murió en un accidente de coche. Él conducía. Un borracho golpeó el vehículo por detrás y este volcó. El niño no tenía puesto el cinturón de seguridad; se lo habría quitado en algún momento… A los pocos meses, su mujer, con la que tenía problemas desde hacía tiempo, le abandonó; ella no le culpaba de lo sucedido… pero ambos sabían que ya no tenían ningún motivo para seguir juntos. Después de aquello, John intentó refugiarse en su profesión. Pero lo que quería era irse lejos… muy lejos…
Al Espacio.
No estaba nervioso. Pero sí tenía una intensa sensación. Se acercaba la hora. Ya estaba amaneciendo.
Los cuatro miembros de la tripulación se encontraban en sus puestos en la nave. Todos llevaban el correspondiente traje espacial, a excepción del casco, de color gris claro. Se estaban terminando de colocar las sujeciones de seguridad. Todos permanecían en silencio. Solo se escuchaba el sonido de los motores aumentando de revoluciones. La nave cada vez vibraba en más ocasiones y con más intensidad. Las instrucciones comenzaron a llegar por la radio.
-Sky 2, ¿me recibe?- pudo escuchar John del otro lado del sofisticado aparato de comunicación.
-Aquí Sky 2. Le recibimos, control- contestó uno de los dos hombres sentados en los dos puestos delanteros, justo delante del cuadro de mandos.
Se trataba del comandante de la misión: era un hombre negro, 45 años, calvo y muy corpulento, de ojos oscuros y voz grave. El comandante Jeffrey Anderson.
-Sky 2, compruebe los ajustes de despegue. Revise la sintonización de las coordenadas- proseguía la voz masculina, casi robótica.
El tipo que estaba situado al lado del comandante se afanaba en revisar cada uno de los indicadores. Pocas veces tuvo que efectuar correcciones y era solo para asegurarse. Tenía 41 años; pelo corto y negro, ojos castaños y una incipiente sonrisa irónica en el delgado rostro. Se trataba del ingeniero de sistemas, Edward Maxwell.
-Aquí todo bien, jefe… ¿Podemos irnos ya?- Preguntó socarronamente.
Anderson le dirigió una mirada impregnada de evidente desprecio.
-Comandante- le recordó pronunciando lenta y reprobatoriamente.
Maxwell se limitó a sonreír con su actitud socarrona mientras terminaba de ajustar los parámetros para el despegue.
-Sky 2, el proceso de ignición se encuentra al 87%. Ultimen preparativos y avisen cuando estén listos.
-Con una agencia financiada con capital privado todo va mejor y más rápido- dijo como intentando convencerse de ello la mujer que John tenía al lado, a su izquierda.
Tenía 28 años. Era una mujer muy atractiva. De padre estadounidense y madre china, tenía los rasgos orientales suavizados. Su tez era blanca; su pelo era largo y negro, y ahora lo llevaba recogido en una larga cola; sus ojos eran verde claro y en aquellos momentos reflejaban una inquietud que trataba de ocultar. Se trataba de la bióloga Sarah Archer.
John apenas había tenido trato con sus compañeros de viaje. Recordaba que le habían pasado un informe de cada uno de ellos y les habían presentado. No era algo que le preocupara (ni le importara) especialmente…
Maxwell se giró hacia Anderson y asintió con la cabeza con una expresión de seriedad en la que no aparecía ni rastro de la actitud de hacía unos instantes. Había llegado la hora.
-Control, aquí Sky 2. Todo listo- comunicó Anderson.
Las sensaciones de todos ellos eran perceptibles para los demás… Todos las compartían.
La nave ya no dejaba de vibrar y zumbar y el sonido ascendente de los motores dificultaba escuchar las instrucciones provenientes de la sala de control.
-Sky 2, proceso de ignición al 100%. Procedemos a la cuenta atrás: diez, nueve, ocho, siete…
John no pudo evitar sujetarse a los reposabrazos de su asiento. Sentía como si, súbitamente, se le encogiera el estómago…
-…seis, cinco, cuatro…
Anderson y Maxwell ultimaban los procedimientos de despegue al ritmo de la cuenta atrás…
-…tres, dos, uno…
Parecía que la nave ya no podía zumbar ni vibrar más, y el sonido de los motores ya había llegado, y se mantenía constante, a su máximo volumen…
-…Cero. Despegue.
La nave, con todo su tamaño y tonelaje, se estremeció y comenzó a elevarse verticalmente hacia el cielo azul y despejado que tenían delante y que podían ver a través de los amplios cristales. El sonido de las llamaradas provocadas por los propulsores era ensordecedor. La velocidad aumentaba progresivamente a medida que se alejaban del suelo. Al cabo de unos instantes el cielo comenzó a presentar tonos del azul cada vez más oscuros. Durante unos instantes, la sensación de vértigo embargó a John, que no apartaba la mirada del recorrido que estaban atravesando… Pero había sido entrenado para esto y consiguió sobreponerse justo antes de que el azul terminara de desvanecerse en medio de aquel rumor intenso y apareciese la negrura del inmenso vacío.
Habían salido de la atmósfera terrestre.
Inmediatamente, los propulsores disminuyeron su tremendo ruido y la violenta vibración que llevaban varios minutos experimentando se estaba estabilizando hasta prácticamente detenerse. Ahora podían oírse entre ellos mientras la nave continuaba su avance.
-¿Cómo se encuentran? Por mucho que avance la tecnología, siempre supone una buena sacudida, eh- Habló el comandante Anderson, con pasmosa tranquilidad. Ya había efectuado otras misiones en el pasado y daba la impresión de que para él era como ir de paseo con el coche…
-Y que lo diga, je… Comandante- no quedó muy claro si realmente había sido una equivocación o no…
La doctora Archer no hablaba. Mantenía la compostura pero se la veía tensa. John la miró para interesarse y ella se giró devolviéndole la mirada con una sonrisa nerviosa. Ambos hicieron un gesto de coincidencia en lo que había sido el despegue y sonrieron con una risa contenida...
Entonces John, al igual que los demás, se fijó en lo que se veía a través de los cristales delanteros y las ventanillas laterales de la cabina.
A su alrededor no todo era negro. Diversos tonos de azul, amarillo, naranja, rojo… podían distinguirse en la distancia en diferentes direcciones. Y el número de estrellas era tal que en la infinita lejanía se presentaba abarrotada…
Aquí y allá se cruzaban con alguno de los miles de satélites que rodean el planeta. En estos casos era importante la pericia del piloto… por si acaso.
Definitivamente dejaron atrás la Tierra y su órbita. Ya solo cruzaban el vacío espacial.
No tardaron mucho en detectar con la mirada un objeto de gran tamaño situado a no ya mucha distancia delante de ellos.
La Estación Orbital. En continua expansión, tenía ya un considerable tamaño. Anderson comenzó a maniobrar cuando se aproximaban por uno de los flancos y la nave se desplazó lateralmente, de forma lenta, hasta que una fuerte sacudida les indicó que el acoplamiento se había efectuado con éxito. Se desabrocharon las sujeciones de seguridad y recogieron sus cascos; aunque no se los pusieron. Salieron por la puerta de atrás que separaba la cabina del resto de la nave. Al ser esta un vehículo de transporte no disponía de excesivas comodidades; y tampoco era muy grande, aunque disponía de camas, comida… Llegaron ante la compuerta que comunicaba en aquellos momentos con la estación tras el acoplamiento. Los cuatro se colocaron sus cascos, esferas totalmente transparentes; constaban de pantallas que proporcionaban información, aunque ahora ninguno de ellos necesitaba encenderlas. Cuando estuvieron preparados, Anderson abrió la compuerta con una pequeña palanca situada a un lado y dándole a continuación a un botón, cuando este pasó de rojo a verde.
-Parece que nos vayamos a bajar del metro… o subir- Comentó Maxwell utilizando su tono característico, aunque ahora de forma más conciliadora. Pero no hubo suerte. Anderson le dirigió una mirada que le indicó la poca gracia que le hacían sus “ingeniosos” comentarios…
A la doctora Archer si le había hecho cierta gracia y había llegado a asentir ligeramente; cosa que, aunque no lo entendía, produjo cierta molestia a John…
Ante ellos había un corto y estrecho pasillo que ya pertenecía a la estación. Solo podían ir de uno en uno. En primer lugar llegó el comandante ante la puerta y pulsó un interfono. Justo tras él iba Maxwell, que también estaba dentro. Como ya no había sitio suficiente, la doctora Archer apenas podía asomarse. Y en último lugar, John se quedó mirando con curiosidad a su alrededor y la cantidad de compartimentos que llenaban la estancia… alternando con furtivas miradas a su compañera de misión que estaba distraída mirando hacia delante… o eso pensaba él.
La pantallita del interfono se encendió y apareció una figura que no se distinguía claramente por las interferencias.
-Identifíquense- solicitó una voz recia de hombre con evidente acento ruso.
-Somos los miembros de la tripulación del Sky 2. Venimos para informarnos de nuestra misión- contestó Anderson utilizando un tono protocolario.
El individuo del otro lado pareció no necesitar más comprobaciones ya que, tras unos segundos, abrió la compuerta y la pantallita se apagó. Anderson se giró hacia los demás y les hizo un gesto de que lo siguieran.
Atravesaron una pequeña sala más, no mucho más espaciosa que la precedente. Uno a uno fueron cruzando la puerta, tan estrecha como la anterior y la de la nave, y cuando John hubo traspasado el umbral, la compuerta se cerró con su característico sonido deslizante.
La estancia en la que ahora se encontraban era más amplia que la de su nave, con el techo más alto y los tonos alejados del blanco y gris para presentar un aspecto semejante al de un almacén de carga, con enormes números ocupando una de las paredes y numerosas caja metálicas apiladas sin orden aparente. La puerta se abrió deslizándose a un lado y un tipo alto y musculoso la atravesó. Tenía el pelo muy corto, de punta y blanco; aunque era joven, 39 años; ojos pequeños y de color azul e iba ataviado con ropa militar: pantalones con cinturón y botas y una camiseta de tirantes. Su gesto era duro y serio. Se aproximó hasta Anderson mientras este se quitaba el casco. John y los demás hicieron lo mismo.
-Soy el sargento Alexei Ivanov. Disculpen lo de la pantalla del interfono. Hace algunos días hubo una tormenta solar y resultó dañada por un descuido- dijo mientras levantaba la mano hacia Anderson.
-Comandante Jeffrey Anderson- dijo estrechándosela fuertemente- El ingeniero de sistemas Edward Maxwell, la doctora en biología Sarah Archer y el sargento John Hawke- decía dirigiendo la mirada y la mano hacia cada uno de ellos mientras los presentaba, haciendo Alexei una leve reverencia al escuchar cada nombre… hasta que escuchó lo de “sargento” refiriéndose a John. Aquí Alexei se detuvo un segundo, fijándose bien en aquel hombre de su mismo rango y, acto seguido, le hizo el saludo; John, al igual que habían hecho sus compañeros, se lo devolvió.
Hechas las presentaciones, Alexei se giró encaminándose hacia la puerta por la que había llegado.
-Hagan el favor de seguirme- les dijo con su marcado acento ruso.
Atravesaron un pasillo iluminado lleno de multitud de puertas por las que pasaron de largo. Todo estaba en silencio. Parecía que en aquel lugar no hubiese nadie más aparte de Alexei…
Tras girar algunos recodos llegaron a unas escaleras. Arriba un nuevo pasillo. Más escaleras. John pensó que si tuviera que ir solo por aquel lugar se perdería sin remedio… Tras subir de aquella manera un piso más, llegaron finalmente a una sala amplia y bien iluminada. Una de las paredes estaba ocupada por una amplia pantalla que mostraba, como si fuera un radar, la imagen de la estación, la Tierra y la Luna. Por la pantalla había puntos que se desplazaban y datos de todo tipo que iban apareciendo al pie de dichos objetos y en los bordes. Una amplia y larga mesa, llena de papeles, ocupaba el centro de la sala. Por las paredes, estantes llenos de archivadores y más papeles. Aquí y allá había más monitores y terminales que estaban apagados e aquel momento. Una puerta situada en el otro extremo permanecía cerrada.
Alexei les indicó que se sentaran en las sillas de la mesa. Tenían donde elegir ya que había una veintena. Alexei, mientras tanto, encendió una pantalla grande situada en la esquina de la pared situada en frente de la otra pantalla. Estaba instalada arriba, inclinada ligeramente hacia abajo. Recogió unas carpetas situadas en un montón sobre la mesa y comenzó a repartirlas a los demás, quedándose con una.
Todos estaban sentados, a la expectativa. Aún no había abierto ninguno de ellos su carpeta correspondiente. Entonces, el símbolo característico de SH apareció en la pantalla.
-Buenos días. Les habla el director de la base de Nevada de Space Horizon. Espero que el viaje haya ido bien- comenzó a hablar una voz masculina de un tipo de mediana edad.
-Todo ha ido bien, señor- contestó Anderson.
Alexei permanecía de pie apoyado contra la pared.
-Como ya se les dijo, al llegar a la Estación Orbital se les comunicaría la misión que debían llevar a cabo.
La atención que ahora le prestaban a aquella voz era máxima.
-Hace un año, hemos dejado de recibir transmisiones de nuestra base en la Luna. No sabemos nada desde entonces. En la última transmisión que recibimos solo se escucha ruido ambiente.
Todos guardaban silencio. Todos sabían lo que aquella voz diría a continuación. Dirigieron sus miradas hasta el símbolo de SH que ocupaba toda la pantalla.
La voz volvió a hablar.
-Su misión consiste en dirigirse a la base para averiguar qué es lo que ha sucedido…
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