El Profesor
Era de noche. Algunas nubes habían comenzado a aparecer en
el cielo, cubriéndolo parcialmente de jirones rosados debido a la contaminación
lumínica de la ciudad. Así y todo, aquella noche parecía más oscura de lo
normal… Jan caminaba por la solitaria calle que llevaba a su instituto, al cual
tendría que acudir bien pronto por la mañana; llevaba a su fiel amigo Scoob,
que prácticamente tiraba de él en aquellos momentos…
-Scoob, tranquilo… todavía nos queda un rato para llegar a
casa…- Le decía, notándolo inquieto…
Entonces, mientras trataba de controlar los “forcejeos” de
su can -un espécimen joven de beagle-, algo le llamó la atención. Alzó la vista
para comprobar que no se había equivocado: efectivamente, había una luz en una
de las ventanas del instituto; concretamente, una de las pertenecientes a las
aulas de prácticas…
-Vaya…- No pudo evitar sorprenderse. ¿Quién podría querer
estar a aquellas horas en aquel sitio, en el que cada día contaba los segundos
para salir…?
Lo siguiente que vio no pudo quitárselo de la cabeza en las
horas siguientes: una extraña sombra, que podría ser cualquiera, pero… ¡¿qué le
pasaba a su cabeza?! Jan parpadeó varias veces para fijarse mejor; no lo volvió
a ver… No sabía si se lo había parecido… pero juraría que aquello tenía cuerpo de hombre y cabeza… eran como tentáculos o
algo así…
Entonces la luz se apagó. Jan decidió que debían irse de
allí cuanto antes…
Durante el resto del camino a casa, Jan no podía dejar de
visualizar, una y otra vez, aquella imagen grotesca que le había parecido tan
real…
A la mañana siguiente, como de costumbre, lo despertó el
despertador, al cual “calló” de un manotazo. Durante unos minutos todo era
normal y rutinario. Un día más había empezado… aunque -como era habitual-, no
como a él le gustaría. Y es que no entendía por qué motivo tenía que ir a un
sitio que no le gustaba, para escuchar cosas que no le interesaban, explicadas
por unos tipos que parecían detestar más que él mismo aquello que le estaban contando…
Solo había una cosa que le hacía levantarse de un salto de
la cama antes de que la repetición programada hiciera sonar la alarma otra vez:
Amanda. No es que tuviese alguna posibilidad con ella -pertenecía a una especie
de banda de chicas que no miraban con muy buenos ojos a tipos como él-, pero
siempre le habían gustado los imposibles, pensó mientras dirigía la mirada a un
telescopio que apuntaba directamente a Júpiter…
Y es que la habitación de Jan estaba repleta de pósters de
planetas y nubes estelares, y algunas maquetas hechas por él mismo de misiones
espaciales ya en desuso…
Jan era un chico de catorce años; rubio, con el pelo no
demasiado corto, y ojos verdes; de altura y complexión medias; en aquellos
momentos comenzaba a vestirse con sus habituales vaqueros azules y su camiseta
blanca con una ilustración de la “Voyager I”; ya hacía calor en el recién
estrenado verano, lo cual le recordó -mientras se calzaba sus deportivas grises
con cámaras de aire- que el final de curso (tan anhelado por él) estaba a la
vuelta de la esquina…
Salió de su habitación tras comprobar que llevaba en su
mochila todo lo necesario y se dirigió al baño que quedaba a continuación por
el pasillo del piso superior. Una vez ante el espejo, apretó el tubo de pasta
dentífrica -blanca con bandas rojas- sobre el cepillo de dientes y entonces se
acordó.
La imagen del día anterior. Casi se había olvidado. Un
estremecimiento lo invadió de pronto y se quedó unos segundos mirando su cara
asustada en el espejo…
Sonaba el último timbre que indicaba que las clases iban a
comenzar y Jan llegaba corriendo por la calle, atravesando la entrada del
instituto y aminorando la velocidad para recobrar el aliento, encaminándose
hacia la puerta en la que se amontonaban los alumnos -como él- rezagados…
Y entonces la vio más adelante: era Amanda. Como de
costumbre, aparecía de brazos cruzados y cara de pocos amigos, apoyada contra
la pared en actitud desafiante y flanqueada por sus dos amigas (más que amigas,
algo así como sus secuaces)… Jan,
como solía hacer, bajaba la mirada hacia el suelo e intentaba acelerar el paso
cada vez que la tenía cerca… Aquella chica le imponía en todos los sentidos…
Amanda era una joven morena, con el largo pelo con volumen
recogido en una cola; sus ojos eran castaño oscuro y siempre tenía expresión
malhumorada; vestía con pantalones tejanos muy cortos y gastados (incluso
rotos), botas marrones y una camiseta de manga corta blanca, además
arremangada, que dejaba ver su esbelta figura; estaba haciendo un globo con su
chicle de mora cuando vio pasar al de siempre por delante…
-¡Eh, tú!- Le espetó de pronto, sorprendiendo incluso a las
otras dos…
Jan en un principio no se detuvo; esperaba que no se estuviera
dirigiendo a él. Pero Amanda, que no iba a consentir que pasara de ella, dejó
de apoyar la espalda en la pared y fue derecha hacia el joven…
-¡Te digo a ti! ¿Estás sordo?- Le asaltó, dándole un
manotazo en la espalda que casi lo desequilibra…
Jan no sabía qué hacer. Veía que los demás le ignoraban
totalmente (no querían problemas) y se apresuraban a entrar en el centro…
Estaba atrapado.
-¿Qué pasa, jefa? ¿Quieres que nos encarguemos de este
palurdo?- Intervino una de las seguidoras de Amanda, una chica gruesa, de pelo
negruzco, malcarada y de ojos pequeños…
-Sí, nosotras le espabilaremos…- Decía la otra, más delgada,
con el pelo del color de la paja y recogido en una trenza, que llevaba aparato
dental, mientras se crujía las manos mirando con desprecio a su nueva “presa”…
Jan estaba comenzando a asustarse cada vez más; era de
sobras conocida la reputación de
aquella banda… Pero Amanda las detuvo con un gesto de la mano, sin apartar la
vista del cabizbajo chico…
-Vosotras podéis iros. Yo me encargo de este- dijo estas últimas palabras con tono amenazador…
Aquellas dos se miraron un momento y, encogiéndose de hombros,
asintieron a su jefa y se dirigieron
con paso ligero al interior del edificio.
Ahora ya solo quedaban Jan y Amanda fuera. Jan se percató de
esto tras mirar a su alrededor.
-Oye… Deberíamos entrar. Todo el mundo…- Trató de decir…
Pero se vio violentamente cortado.
-¡Cállate!
Jan se quedó paralizado. No se atrevió a decir nada más.
Comprobaba cómo aquella chica, a la que temía tanto como admiraba, comenzaba a
caminar a su alrededor, mirándolo fijamente y sin entender muy bien lo que
pretendía…
Pero cada vez la tenía más cerca. Además de verla a pocos
centímetros de distancia pudo oler su perfume natural… no olía a chica mala, precisamente… Entonces se
detuvo ante él, mirándolo con severidad.
-Puedes irte. No me interesas nada- le dijo.
Jan, a pesar de verse al fin “liberado”, no se sentía nada
bien; le habían dolido profundamente aquellas palabras… Con la cabeza más gacha
todavía, se dio la vuelta sin decir nada, ni mirarla, y se fue lentamente hacia
la puerta… Mientras caminaba, no podía ver cómo trataba de emerger el
arrepentimiento en el rostro de la joven, que no dejaba de mirarle…
Una vez Jan llegó a la puerta, se vio sorprendido por la
irrupción de la figura del conserje ante él…
-Muy bien, chico. Informaré de inmediato y hoy te quedarás
castigado- le comunicó, implacable.
“¡Oh, no!”, se lamentaba el joven… Pero vio que ahora el
conserje –un hombre ya mayor, delgado, con pelo gris y bigote- alzaba la vista
por encima de su cabeza y se disponía a hablar otra vez…
-Y tú también, bonita.
Por varios motivos, Jan se encontraba en aquellos momentos
abatido, sentado en su silla de la segunda fila en clase de química… En el
asiento provisto con mesa individual de al lado, Don lo miraba con curiosidad.
-Jan, ¿qué te pasa?- Le preguntó en voz baja, controlando
con la mirada que el profesor no les viese cuchichear…
Jan pareció despertar de golpe y se giró hacia su amigo,
tratando de centrarse en aquel momento y aquel lugar…
Don era un muchacho entrado en kilos, de piel bastante
oscura, pelo muy corto, moreno, y ojos color miel; vestía con pantalones anchos
blancos, unas zapatillas que casi parecían sandalias, negras, y una camisa de
manga corta bastante ancha -debida a su corpulencia- de un naranja oscuro, que
llevaba por fuera; Jan se lo quedó mirando durante unos instantes…
-Ah… Nada, nada… Solo pensaba… en mis cosas…- Decidió
contestarle.
Don, que sabía que no se lo estaba diciendo todo, no insistió, esbozando una sonrisa
en su rostro amable y volviendo a prestar atención a la clase de formulación.
Entonces Jan se armó de valor y buscó con la mirada a Amanda
-con la que coincidía en aquella clase-… Y la vio. Pero tuvo que desviar la
vista de inmediato al comprobar que ella ya
le estaba mirando… y con una expresión nada amistosa…
¿Pero qué había
hecho él?, se preguntó con amargura.
Finalmente acabó el día… aunque no para Jan. Como le
comunicaron desde el despacho de dirección, habría de quedarse una hora más por
haber entrado tarde después de haber sonado el timbre…
-“¡Anda! No se lo he dicho a Don…”- Se dio cuenta, pensando
que se extrañaría de que no le estuviera esperando para volver juntos a casa…
Bueno, mañana se lo explicaría, resolvió.
Y allí se encontraba, solo en la clase. La luz del sol
iluminaría la estancia aún bastantes horas más; la verdad es que era un sitio
agradable y tranquilo. Decidió que aprovecharía para adelantar algo del trabajo
que tenía acumulado…
Entonces, alguien pasó por delante de la puerta abierta que
había delante, al fondo del aula a la derecha… Jan alzó la cabeza, desviando la
atención de lo que estaba haciendo y miró hacia allá: no había nadie. Pero -estaba
seguro- tenía la misma sensación que la noche anterior cuando había pasado por
delante del instituto sacando a Scoob… Trató de no hacer caso a lo que notaba y
de centrarse en la ingente cantidad de trabajo que aún tenía por delante…
Ahora notó que volvía a haber alguien en la puerta: era Amanda,
que estaba con medio cuerpo asomado, lanzándole una mirada… Jan dejó torpemente
el boli sobre la hoja que estaba escribiendo y se puso nervioso…
-Hola…- La saludó, lo más amablemente que pudo…
Pero aquella chica parecía tenérsela jurada…
-Me han castigado por tu culpa- le soltó, acusándole.
Jan no se lo podía creer. La indignación le “ayudó” a
dirigirse a ella sin balbucear…
-¿Culpa mía? Pero si fuiste tú la que…
Pero Amanda le interrumpió dando un fuerte manotazo en la
puerta que resonó en el aula vacía. Jan se quedó impresionado por la fuerza que
la chica había empleado… pero lo que no sabía era que Amanda trataba de
disimular el daño que se había hecho en la mano…
-Eres idiota- le dijo ella, mostrando absoluto desprecio,
con las lágrimas a punto por el dolor que sentía…
La joven desapareció de inmediato y -ahora que él ya no la veía- se llevó la mano a la
dolorida, cogiéndosela con fuerza y acelerando el paso…
Jan, que ya estaba prácticamente recuperado de lo de antes, volvía a sentirse fatal… Tanto
que, aunque intentó retomar lo que estaba haciendo, soltó el boli y se levantó
para dar vueltas por la clase, tratando de calmarse…
Amanda, pasó de largo por delante de su aula en la que, al
igual que Jan, debía permanecer por espacio de dos horas; aunque ella no sabía que estaría una más que él… Se
dirigió al baño, a tratar de calmar la mano con agua fría… Cuando entró, como
era normal, no había nadie; de hecho, había un silencio al que ella no estaba
acostumbrada. Recordaba con tristeza que en su casa, cuando sus padres no se
estaban peleando, era ella misma la que gritaba desesperada cuando estos le
recriminaban sus actos de rebeldía…
Pero, en cambio, allí no había ruido, gritos, golpes en la mesa, ni portazos;
tan solo el aire entrando con calma por la ventana abierta… Después de verter
agua en la mano dolorida durante un par de minutos, aprovechó para entrar un
momento al excusado.
Pero, cuando comenzaba a desabrocharse los cortos
pantalones, oyó claramente cómo alguien cerraba la puerta del baño y echaba el
pestillo…
-¡Ey! ¿Qué haces? ¡Estoy aquí!- Protestó, sin importarle quién pudiera haber sido…
Salió del habitáculo y fue directa a la puerta, forcejeando
para intentar abrirla, sin resultado…
-¡Oiga! ¡Que me han dejado encerrada!- Se quejaba más alto,
comenzando a dar manotazos a la puerta con la mano que no le dolía…
Pero era inútil. Tras varios minutos gritando y dando
golpes, desistió. Confiaba en que alguien fuese a comprobar que todo estuviera
en orden y la abriesen… Tal vez había sido la estúpida de la mujer de la
limpieza, con la que ya había tenido sus más y sus menos; pero algún profesor
notaría su ausencia e iría a buscarla, esperaba… o quizá aquel… Sacudió la
cabeza de inmediato.
Tan solo se sentó en el suelo, apoyándose en la pared donde
se encontraba la pequeña ventana del segundo piso, justo debajo, acurrucándose
y abrazándose las rodillas desnudas con los brazos, mientras hundía la cara
entre las mismas… sintiéndose más sola que nunca…
Después de recorrerse la clase de arriba abajo, haciendo
innumerables recorridos entre los pupitres, Jan acabó sentándose en uno
diferente pero cerca de donde se encontraban sus cosas; parecía que el cansarse
le había ayudado a tranquilizarse…
La verdad es que se estaba bastante bien en aquel sitio; así
daba gusto ir a clase, pensó… Tan cómodo se sentía que cruzó los brazos sobre
la mesa y apoyó la cabeza, que le quedó ladeada, recordando -aunque no estaba
en aquellos momentos muy seguro por qué- que no había dormido demasiado bien
aquella noche… perdiendo poco a poco el sentido de la realidad…
Jan abrió los ojos súbitamente. Los primeros instantes
fueron de confusión total: ¿dónde estaba? Entonces se acordó. No podía ser. ¡Se
había quedado dormido! Se giró hacia los ventanales que había a un lado del
aula… Estaba anocheciendo.
-¡Oh, no, no, no, no, no…!- Repetía, frenético, mientras se
levantaba de un salto y recorría la clase sin sentido, llevándose las manos a
la cabeza…
Cuando consiguió calmarse lo suficiente pudo empezar a
pensar con claridad…
-Vale, vale… Tiene que haber alguien en el edificio. Sí.
Tiene que haberlo…- hablaba solo, convenciéndose a si mismo…
Salió del aula tras recoger atropelladamente sus cosas y
dejarlas en uno de los asientos de la primera fila. El pasillo tenía las luces
apagadas y casi no se veía nada; aquello le dio muy mala sensación a Jan, que
volvía a ponerse nervioso…
-¡Hola! ¿Hay alguien?- Decía, alzando la voz en aquel lugar
oscuro y solitario… A Jan le asaltó un inquietante pensamiento: que no había
nadie allí. Trató de sacárselo de la cabeza…
-¡Hola!
En el baño, Amanda despertó. También se había quedado dormida.
Notaba los surcos en la cara producidos por las lágrimas, ahora secos. No tardó
en darse cuenta de lo que había pasado; ni del motivo por el cual se había
despertado…
-Ey…- Se levantó del suelo al continuar escuchando la voz de
Jan, que reconoció enseguida…- ¡Ey! ¡Estoy aquí!- Gritó, dando golpes en la
puerta, con ánimos renovados…
Entonces Jan se detuvo. Oía los golpes… y a duras penas las
voces. Pero la identificó en cuanto
se quedó un instante escuchando.
-Pero…- Comenzó a mirar hacia todos lados…
La llamada no parecía provenir de ningún aula; Jan estaba prácticamente
convencido de que venía de los baños… Fue derecho hasta allí.
-¿Hola? ¿Estás ahí?- Preguntó el joven nada más llegar…
Amanda sintió como si le quitaran un peso de encima.
-Estoy aquí. Me han encerrado…- A su pesar, no pudo evitar
que aquello sonara de forma lastimosa…
Jan trató de abrir la puerta.
-Está cerrada- le dijo desde el otro lado.
A Amanda le cambió la cara.
-¡Ya lo sé! ¡¿Por qué te crees que estoy aquí?! ¡¿Por ti…?!-
Se calló de golpe al escucharse a si misma…
A Jan también le sonó raro
aquello… Se puso a valorar la situación y tuvo una idea.
-Voy a la planta baja. Quizá la puerta de conserjería está
abierta y puedo encontrar las llaves…- Propuso.
A Amanda le pareció buena idea.
-Bien- tan solo dijo, desanimándose de nuevo ante la espera
-que podría ser infructuosa- que se le avecinaba…
Pero Jan no perdió un momento y se puso en marcha a toda
prisa. Sabía que Amanda dependía de él. Se sorprendió de pronto dirigiéndose a
aquella chica por su nombre, aunque fuera en sus pensamientos…
Mientras Jan se alejaba, una sombra siniestra emergió de una
de las aulas que quedaban al otro lado del pasillo, cerca de allí; en su cabeza
se movían de forma sinuosa lo que parecían numerosos tentáculos mientras emitía
un sonido sibilante… Se acercó a la puerta del baño donde estaba encerrada Amanda…
La puerta cedió y la chica abrió mucho los ojos, a punto de
gritar, antes de desmayarse y quedar tendida en el suelo, a los pies de una
silueta de forma humanoide, alta y de amplia espalda…
Jan había bajado todo lo deprisa que podía, por las
escaleras laterales del edificio, los dos pisos que lo separaban de la planta
baja, donde estaba ubicada la conserjería… se plantó ante la puerta de color
rojo y manilla blanca… Cerrada. Se asomó a través de la ventanilla -también
sellada- al interior vacío. Volvió a intentarlo, aún sabiendo que no serviría
de nada…
Entonces se giró y vio lo que necesitaba: un equipo contra
incendios… que contaba con un hacha. Sin pensárselo dos veces, y diciéndose a
si mismo que era fuerza mayor, rompió con el codo el cristal que indicaba que
había que hacerlo en caso de incendio… Sacó el hacha con cuidado y se plantó
ante la ventanilla por donde cabría sin mayor problema…
-Vamos allá…- Se preparó, animándose al recordar que los habían dejado encerrados allí,
olvidándose completamente de ellos…
El cristal se rompió con estrépito pero sin excesiva
dificultad. Tras asegurarse un camino seguro, libre de cristales, trepó hasta
el mostrador que normalmente ocupaba una mujer que se encargaba de atender
hasta el mediodía… Buscó con la mirada y rebuscó en estantes y cajones… Las
encontró colgadas en la pared y había bastantes.
-¡Esta es!- Exclamó triunfal al ver que unas estaban
etiquetadas con la palabra “mágica”: “baños”.
La cogió, salió por donde había entrado y emprendió el
ascenso para liberar a Amanda…
Una vez arriba, no perdió tiempo diciendo una palabra y
comenzó a tantear las llaves, probando cuál de aquel fajo sería… mientras lo
hacía, le extrañaba no oír nada del otro lado… Al fin la llave giró.
Pero, al abrir la puerta, no lo entendía. No estaba. Entró y
miró -tocando a la puerta previamente- si no estaría en el excusado… Pero allí
no había nadie más que él.
-No puedo creerlo…- Comenzó a decir en voz baja, empezando a
sentirse muy mal de nuevo y a malpensar…
No había otra explicación: le había tomado el pelo.
Seguramente se había encerrado ella misma y le había hecho hacer el panoli para
nada… Pero, ¿para qué tantas molestias…? Aunque pronto decidió dejarlo estar y
largarse a su casa cuanto antes…
Salió de los baños femeninos, indignado, y se dirigió hacia
el aula donde tenía sus cosas…
Entonces oyó algo. Como cristal rompiéndose… Venía del otro
lado del piso… de la parte donde estaban situadas las salas de los profesores.
De todos modos podía pasar por allí; así que, olvidándose de recoger su
mochila, se acercó para ver qué pasaba… quizá aquella chica tan desagradable
con él le había preparado otra patraña…
Pero, a medida que se aproximaba a la sala -la única que
estaba abierta- le pareció ver, cada vez con más claridad, una luz rosada que
hacía efectos extraños en el ya muy negro pasillo… Jan se acercó despacio… Y
entonces lo oyó.
-Estate quieta estúpida. Tu amigo ya se habrá ido a su casa
al ver que le has tomado por tonto… Y eso es, seguramente, lo que pensarán
todos. Por eso eres perfecta- decía
una voz masculina, grave y anormal…
Jan se alarmó al escuchar la voz de Amanda…
-¡Mmpf! ¡Mmmm!- Parecía estar amordazada…
Ahora Jan echaba de menos el hacha que había utilizado
antes… Y, sin pensarlo, decidió que debía actuar.
Se plantó ante la puerta abierta y quedó anonadado por el
espectáculo. Al fondo de lo que era el laboratorio de química, había una
especie de remolino de luz de color rosado que giraba a toda velocidad… Hacía
cada vez más ruido… Y hacia allí llevaba a Amanda, en brazos, un tipo alto y
ancho de hombros, con bata blanca… y tentáculos en la cabeza.
¿Era el profesor nuevo que había llegado para hacerse cargo
de las prácticas de química? El profesor, al percatarse de la presencia de Jan,
se detuvo cuando ya había metido un pie en el portal… Amanda estaba seguramente
drogada…
-Maldición- se quejó el tipo -cuya cara era violácea como sus
tentáculos y tenía dos enormes protuberancias rojas como ojos- mirando a Jan
con fastidio…- Quédate ahí. Ahora vuelvo- le dijo y desapareció con Amanda tras
el remolino de luz…
Jan no sabía qué hacer. Se hubiera lanzado tras ellos, pero…
¿Adónde habían ido?
Cuando comenzaba a acercarse tímidamente al portal -cuyo
murmullo no dejaba de aumentar- vio que iba apareciendo aquel ser por el mismo…
Solo tendría aquella ocasión. De modo que cogió lo primero que encontró, una
probeta con un líquido burbujeante, y se abalanzó sobre aquel maldito…
-¡Toma!- Exclamó, lanzándole el contenido a la cara.
Aquel, que no se lo esperaba, trató de cubrirse con las
manos…
-¡¡Uaaaaaaaaargh!!- Gritaba de dolor mientras aquella
sustancia parecía corroerle el extraño rostro…
Jan aprovechó y se lanzó al portal.
-¡No! ¡Debo comprobar los efectos que producen las
radiaciones prolongadas de la Dimensión w en el cuerpo de una joven humana…!
Protestaba el parlanchín impostor…
Tras notar cómo se le subía el estómago a la boca, Jan
apareció en un lugar extrañísimo: el suelo era terroso, pero de tonos rosas y
violetas, levantándose polvaredas debido a las fuertes rachas de viento que
asolaban aquel exótico lugar… Jan pudo vislumbrar, mientras trataba de
protegerse los ojos, hasta tres lunas en un cielo -como ondulado- de color
púrpura…
Y entonces la encontró. Amanda estaba en el suelo, inconsciente,
a escasos metros de donde él se encontraba…
-¡Amanda!- La llamó.
Inesperadamente, vio que llegó a moverse… Fue corriendo
hacia ella, a pesar de la insistente oposición eólica…
-Has… Has venido…- Hablaba la chica, débilmente, mientras
Jan se agachaba y comenzaba a cogerla en brazos…
Jan se giró con Amanda. El viento arreciaba con más fuerza.
Y el portal, que parecía estar ahora muy lejos, comenzaba a cerrarse…
-¡Vamos!- Se urgió el joven a si mismo, sujetando bien a la
chica para que no cayera debido a las sacudidas infernales de aquel viento
loco…
Se aproximaban… más cerca… el agujero era cada vez más
pequeño…
Lo consiguieron. Atravesaron el portal y aparecieron en el
laboratorio, cerrándose el remolino tras ellos…
Entonces, tras cesar el movimiento de papeles volando y el
tintineo de frascos agitándose, Jan cayó en la cuenta: ¡el profesor!
Pero ya no estaba. Entonces Jan notó que Amanda despertaba…
la colocó con cuidado en el suelo, sosteniéndole la cabeza… La chica lo miró,
aún débil…
-Gracias- dijo, con una sonrisa sincera en su agotada cara.
Salieron ambos por la puerta principal; Amanda ya por su
propio pie. La noche era cerrada a aquellas horas. Jan dejó las llaves puestas
dentro, confiando en que nadie se acercara lo suficiente para darse cuenta. Y,
juntos, treparon por la verja que los separaba del exterior… Una vez fuera, se
quedaron unos segundos en silencio…
-Bueno…- Comenzó a decir Jan, sin saber muy bien cómo
continuar…
Amanda sonrió, nerviosamente.
-Bueno…- Dijo también.
Ambos rieron, sintiéndose nerviosos…
Entonces, cuando parecía que los dos iban a decir algo casi
a la vez, alguien les interrumpió.
-¡Jan! ¡Estás aquí!- Era Don, que se acercaba a ellos.- Fui
a tu casa y, cuando me dijeron que no estabas, me extrañó…- Se detuvo y se
calló al ver a Amanda, sorprendiéndose por ello…
Al ver su cara, Jan intervino enseguida.
-Estamos bien… Es una larga historia…- Dijo, no sabiendo por
dónde empezar, al tiempo que buscaba los ojos de Amanda…
Esta le devolvió la mirada. Y ambos, bajo el cielo nocturno,
y ante la cara de no entender nada de Don, se miraban, con expresión grave,
preguntándose dónde aparecería el profesor sustituto en otra ocasión…
Fin
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