Un recado en Navidad
Hugo se encontraba apoyado con las rodillas sobre el asiento del sofá para una persona situado detrás de la ventana. Con su aún pequeña mano sostenía el visillo para poder ver cómo nevaba afuera, en la ciudad con el cielo encapotado… Desde su casa, un sexto piso, podía divisar gran parte de los edificios bajos que se extendían más allá, hasta donde le permitía ver la capa cada vez más espesa de blanco que cubría el aire… Las azoteas inundadas de nieve casi se confundían con el cielo blanquecino y apenas se podían distinguir las innumerables antenas que, en días normales, había por todo.
Hugo era un chico de trece años. Su cabello era no muy corto y castaño, con una raya en medio que le salía indefectiblemente con solo pasar la mano; los ojos los tenía de un verde tan oscuro que casi parecía otro color; era de altura y constitución media, tirando a delgado; ahora vestía con un jersey verde oscuro (su favorito), pantalones vaqueros azules y, en aquellos momentos, las zapatillas de andar por casa. Hugo era muy hogareño y en aquel preciso instante había dejado de leer un momento el libro que ahora estaba apoyado sobre la mesita situada al lado del sofá para ver cómo caía la nieve… Los copos eran cada vez más espesos, cayendo lentamente y movidos por el viento…
-Hugo- pronunció una voz de hombre mayor desde la puerta que conducía al pasillo.
Hugo se giró y vio a su abuelo entrar en la sala de estar, no sin cierta dificultad debido a sus más de setenta años.
Era un hombre más alto que la media y se percibía por su aspecto que era de buen comer, aunque sin exagerar; aún conservaba bastante pelo, ya casi blanco del todo, y llevaba siempre un bigote no demasiado espeso que le daba cierta personalidad; sus ojos eran castaños y aún vivos, a pesar de la edad. A ojos de Hugo, su abuelo era alguien indestructible… Vestía con camisa blanca a cuadros finos, un chaleco marrón encima, abrochado, una chaqueta de abrigo gris, de tono más claro que sus pantalones, un gorro que le cubría hasta las orejas y que en aquellos momentos se estaba ajustando, y unas botas para caminar por la nieve, de colores llamativos que desentonaban de forma evidente con el resto de su vestuario… Estaba claro que iba a salir, pensó Hugo.
-Hola abuelo. ¿Adónde vas?- Preguntó con curiosidad.
El hombre pareció terminar de colocarse el gorro de lana negro con un último intento.
-Hoy voy a cocinar yo. Un plato especial que me enseñaron cuando estuve en el lejano Oriente… pero me faltan algunos ingredientes y sólo yo sé donde puedo conseguirlos…- Hizo una pausa para que el misterio hiciera su efecto en la imaginación de su nieto; y en su corazón…- ¿Te vienes?
Hugo dio un salto y fue corriendo a su habitación para ponerse las zapatillas deportivas que usaba habitualmente, emocionado por aquella aventura que se había presentado de forma inesperada… Cogió su chaqueta de abrigo y salió de su habitación, recordando que se había olvidado de recoger el libro; lo haría luego.
Cuando llegó a la sala de estar, su abuelo tenía una bufanda de lana, ancha, medio puesta alrededor del cuello; y estaba en medio de la estancia consultando un papel viejo y arrugado…
-A ver, a ver… sí… ahá… Exacto…- Parecía estar comprobando algo que ya sabía…- Muy bien, vámonos- dijo al fin, guardándose el papel en el bolsillo sin doblarlo…
Hugo se dispuso a seguir a su abuelo hasta la puerta cuando a este le dio un ataque de tos… No se trataba de nada preocupante pero estaba claro que su abuelo no se encontraba muy bien… tras la tos, sacó un pañuelo y se sonó con tal fuerza que le debieron escuchar desde el edificio de enfrente…
-Papá, ¿dónde vas?- Le dijo la madre de Hugo, entrando por la misma puerta, con el tono que se emplea con un niño pequeño que va a hacer algo que no tiene que hacer…
La madre de Hugo era una mujer atractiva, alta, de complexión delgada pero no mucho; llevaba el largo pelo rubio recogido en una cola y sus ojos eran verdes, más claros que los de Hugo; llevaba un jersey blanco y pantalones ajustados color marrón; las botas, de un tono diferente de marrón, indicaban que ella también estaba preparándose para salir…
El abuelo de Hugo, haciendo ruidos con la nariz, trataba de recuperar la compostura…
-Vamos un rato de compras… ya sabes… lo que te dije ayer…- Le decía, casi sin mirarla, y con cierto tono de irritación por aquella sobreprotección que le brindaba su hija…
La madre de Hugo, con ligero maquillaje que realzaba su belleza, los miraba a ambos. Hugo no sabía qué postura poner ante aquel exhaustivo reconocimiento…
-Hugo, ¿pensabas salir sin guantes, bufanda, gorro ni nada? Y tú, papá, ¿es que no ves que has cogido un buen resfriado? Afuera está nevando.
Tanto Hugo como su abuelo, al unísono, dirigieron una lenta y pesada mirada hacia la ventana, cubierta por el visillo, pero a través del cual se podía percibir la persistente nieve cayendo ininterrumpidamente… La madre de Hugo continuó hablando, dirigiéndose a este.
-Hugo. Yo me voy unas horas a la oficina. En la cocina hay una lista de lo que falta para hacer la comida. Yo estaré para entonces. Y abrígate bien…- Añadió.
Hugo se sintió decepcionado. Y sabía que a su abuelo le pasaba lo mismo… Vio que su madre cogía su abrigo largo azul oscuro del respaldo de una silla, en donde lo había colocado previamente.
-Bueno- les dijo a los dos.- Me voy. Hasta ahora- dijo y salió por la puerta que llevaba a la entrada.
Se oyó la puerta de salida abrirse y, al cabo de unos segundos, cerrarse de nuevo. Ya no se escuchaban los pasos de su madre.
Su abuelo chistó levemente y comenzó a “desliarse” la bufanda y a quitarse el gorro (con lo que le había costado…) y los guantes, mientras iba negando con la cabeza…
-Lástima… Es un plato que te haría viajar muy lejos…- Se lamentaba, con nostalgia…
Hugo era plenamente consciente de cómo se sentía su abuelo en aquellos momentos… pero no sabía cómo remediarlo. En realidad, ni siquiera sabía a dónde tenían que haber ido… Observaba cómo su abuelo, con la lentitud de movimientos habitual en él, colocaba de nuevo su abrigo en el perchero, de mala gana…
Entonces Hugo recordó algo. El papel. El papel que su abuelo había estado consultando hacía un momento y que había guardado en el bolsillo de su abrigo… Los pensamientos de Hugo se iban agolpando a toda velocidad…
-“¡Pues claro!”- Hugo chocó el puño sobre la palma de la otra mano.
Estaba decidido. Cuando vio que su abuelo iba hasta la cocina, comenzó a acercarse lentamente y con cautela hasta el abrigo que había acabado de colgar… Metió la mano en el bolsillo, tanteando durante un momento… nada. Metió la mano en el otro y… ¡ya está!
Ya tenía aquel papel amarillento y gastado en sus manos. Lo examinó de inmediato no sin antes comprobar que su abuelo no estuviese viniendo hacia allí.
En el papel había una lista de lo que suponía eran ingredientes. Y no es que lo tuviera que suponer porque fueran palabras desconocidas para él… sino porque estaban escritas en otra lengua… en árabe, dedujo Hugo… Afortunadamente, lo siguiente que estaba escrito ya lo entendía: era una dirección. Aunque de una parte de la ciudad en la que no había estado nunca… Pensaba que, así y todo, no tendría muchos problemas en llegar…
Entonces escuchó a su abuelo que se acercaba. Guardó apresuradamente el papel, arrugándolo por las prisas, en uno de los bolsillos de sus vaqueros…
-Hugo, voy un rato a mi despacho a continuar con mis Memorias… Acabo de recordar unos hechos acontecidos largo tiempo atrás que merecen ser registrados…- Le dijo, sonriéndole y guiñándole un ojo…
Hugo le devolvió la sonrisa y disimuló lo mejor que pudo… De todos modos, su abuelo no había notado nada. Cuando este se marchó, Hugo estaba todavía más convencido de lo que haría a continuación. Haría el recado para darle una sorpresa a su abuelo…
Tras ir a buscar el gorro, la bufanda y los guantes, todo de color negro, bajó en seguida hasta el portal de su edificio. Menos mal que se había abrigado bien, porque cuando abrió la puerta de la entrada principal casi se queda congelado… Salió y se plantó en medio de la acera.
Los adornos que cruzaban las calles estaban colocados desde hacía días ante la inminencia de la Navidad… comprobó que el suelo estaba resbaladizo por la nieve que se iba acumulando sobre el mismo…
-Vale. Veamos…- Dijo, hablando solo, al tiempo que examinaba el papel que había cogido del abrigo de su abuelo…
El lugar al que debía ir estaba un poco lejos de allí; y, además, nunca había estado antes. Pero había oído hablar de aquella parte de la ciudad. Al parecer, era donde se encontraban concentrados los establecimientos regentados por extranjeros de los más diversos y lejanos países, agrupados por calles… Tendría que indagar una vez llegara hasta allí.
Hugo llegó hasta la parada del autobús. El que tomaría en breves minutos le dejaría no muy lejos de su destino; si había consultado bien el callejero que hay en la sala de estar de su casa…
Allí estaba. Lleno de gente, como de costumbre; aunque hoy más, debido al tiempo…
El trayecto se le hizo relativamente corto, al pensar todo el rato en lo contento que se pondría su abuelo cuando se presentara con aquellos ingredientes, de nombres desconocidos e impronunciables, dentro de un rato. Aunque, ahora que lo pensaba, no tenía ni idea de lo que tardaría en regresar…
Una vez puso los pies en el suelo tras bajar del autobús tuvo una sensación. Una sensación rara… A pesar de que no se sentía muy cómodo decidió que aquello sería debido, indudablemente, a la excitación de aquella aventura…
Tras caminar un poco, llegó hasta donde pretendía: ante él se extendía una calle, curiosamente decorada, por la que caminaban personas de piel oscura; debían ser de algún país de Suramérica. Sin más dilación, se internó en la primera calle de aquel entramado concéntrico y abarrotado…
La gente iba y venía, entrando y saliendo de los diferentes comercios, la mayoría de alimentación, sin apenas reparar en él… Hugo miraba con curiosidad cada sitio nuevo por el que pasaba, sin abandonarle cierta sensación de desasosiego…
Entonces, cuando más adelante, a la izquierda, veía abrirse una nueva calle, tuvo que parar de inmediato para no chocar con una alta figura que surgió de la nada…
-¡Uey!- Exclamó Hugo parando a tiempo…
Sus ojos se cruzaron con los de un tipo muy alto, negro y desgarbado, con barba y ojos severos, que lo fulminaban con la mirada… Hugo no pudo evitar echarse hacia atrás… Aquel tipo llevaba una enorme pala, casi arrastrándola, y vestía abrigo largo oscuro y botas de nieve… El chico se sintió cohibido al comprobar que el desconocido lo observaba con una mezcla de curiosidad e indignación… Antes de que este pudiese abrir la boca, Hugo no dudó en acelerar el paso y girar la esquina, delante de aquel, y caminar deprisa sin mirar atrás, mientras el otro se giraba, siguiéndolo con la mirada, como si tuviera algo que decir…
Mientras Hugo avanzaba, tratando de controlarse para no echar a correr, pensaba en la mala sensación que había tenido antes… Seguro que había sido por aquel tipo… Tendría que encontrar otra salida más tarde…
Tras dar unas cuantas vueltas por la calle de los italianos, de los koreanos y de los cameruneses, al fin llegó a la que buscaba: la calle árabe. Aún no podía quitarse de la cabeza la expresión de aquel tipo que se había encontrado antes…
Comenzó a buscar el local específico al que debía entrar para comprar todo aquello… Entonces pensó en entrar en la primera tienda que se encontrara y preguntar… ya le dirían adónde ir en caso de que se hubiese equivocado…
Cuando llegaba a la puerta de una tienda que era inequívocamente de alimentación, no reparó en un tipo que estaba por allí cerca y que no le quitaba el ojo de encima…
Hugo entró y mostró el papel a una jovencita muy guapa de pie tras el mostrador, que lo atendió de inmediato con una sonrisa; tenía la tez oscura y el cabello largo recogido en una trenza negra como el azabache. El chico notó como se le quitaba el frío de la cara en un santiamén. Tras examinarlo con sus delicadas manos, asintiendo a medida que leía las palabras que ella sí entendía, le hizo un gesto a Hugo para que esperara, sin dejar de sonreír… Hugo estaba encantado de estar allí ahora mismo… Desde fuera, en la calle, el tipo seguía observando atentamente. Era alguien alto y corpulento, con el pelo corto y rubio, ojos claros y piel rosada. Vestía con la ropa de abrigo justa. Parecía que comenzaba a impacientarse…
La chica llegó cargada con todo lo que ponía en la lista, explicándole pacientemente a Hugo qué era cada cosa en su recién aprendido, pero correcto, lenguaje… Hugo pagó y aquella joven le dedicó una vez más una de sus fascinantes sonrisas. El chico salió muy contento y, a la vez, apenado por tener que irse ya…
Entonces, justo cuando levantaba la vista de la bolsa que contenía todo lo que acababa de comprar, el tipo que lo había estado observando todo el rato se plantó ante él, esbozando su mejor sonrisa…
-Hola- dijo con un acento claramente extranjero.
Hugo se quedó parado. ¿Qué quería aquel tipo?
-Hola- dijo, por cortesía…
El tipo dejó la sonrisa puesta, aunque Hugo ya notaba que no parecía muy sincera…
-Oye, perdona. Me he perdido. Y, además, un tío me ha robado todo el dinero. Uff, me muero de hambre- dijo esto último llevándose la mano a la barriga para reforzar lo que decía no sin dificultad…
Hugo se quedó paralizado. No sabía qué hacer. Aunque, en realidad, sí lo sabía… había algo que le decía que debía marcharse de allí YA. El tipo continuó, mostrándose lo más agradable que podía…
-Mira. Aquí atrás hay un sitio que dan comida muy barata. ¿Quieres verlo?- Le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera a un callejón que había justo adelante…
Hugo no quería pero, por no ser desagradable, desoyó lo que le estaban diciendo sus tripas y comenzó a dar pasos para, eso sí, sólo asomarse para ver el dichoso sitio… Acto seguido le pediría dinero, seguro…
Se asomó y miró los alrededores… pero no veía nada… Ni a nadie… Sin darse casi cuenta, dio unos pasos y miró mejor… Él no veía nada. Le diría a aquel tipo que no llevaba nada encima y que tenía que irse…
Pero entonces aquella sensación de alarma volvió en toda su magnitud. Hugo, aterrorizado, notó cómo aquel tipo lo rodeaba con los brazos y le ponía un pañuelo en la boca y la nariz, con fuerza, que olía como a alcohol… Intentó zafarse pero el otro era mucho más fuerte que él… y le hacía daño… Jamás pensó que podía llegar a estar tan asustado…
Al cabo de unos segundos, notó como le fallaban las fuerzas. Aquel tipo horrible también comenzó a soltarlo y lo tendió en el suelo… Hugo aún estaba consciente… Sin entender lo que pasaba, aquel tipo le dio la vuelta y le palpó los riñones…
-Vaya, vaya… Un chico sano… No todos lo están tanto como tú…- Le hablaba aquel desgraciado pensando que ya estaba inconsciente…
Pero se dio cuenta de que esto no era así. Se extrañó.
-Oye. Es la primera vez que me pasa… No te preocupes. Cuando despiertes solo te sentirás más ligero…- Hablaba, arrastrando las palabras, con una leve sonrisa cínica, mientras empapaba el pañuelo con más de aquella sustancia…
Hugo veía con auténtico pavor como aquel tipo de acento extraño le aproximaba el pañuelo a la cara… sentía cómo le resbalaban las lágrimas por las mejillas, pensando en su madre y en su abuelo… Ya no los vería más.
Pero entonces algo pasó. Una enorme pala golpeó a la espalda del tipo de pelo corto. Hugo llegó a ver a quién la sostenía, el cual lo miraba con preocupación: era el hombre negro de antes…
-Tranquilo, chico. Ahora mismo llamamos a la policía.
Hugo estaba cubierto por una manta, sobre el asiento de atrás, con la puerta abierta y las piernas fuera, de unos de los dos coches de policía que habían llegado y que tenían las luces de arriba encendidas en aquellos momentos. El hombre que lo había salvado se acercó para ver cómo estaba y le puso una mano en el hombro, mirándolo con ojos preocupados. Hugo asintió consiguiendo esbozar una sonrisa, diciéndole sin palabras que no se preocupara. Cuando el hombre se alejaba, Hugo consiguió decir a tiempo…
-Gracias.
El hombre se detuvo y se giró. Ahora era él el que sonreía, de forma afable, y asintió levemente antes de girarse de nuevo y reunirse con los policías. Aquella sería la última vez que Hugo le vería…
Habían avisado a su madre, que estaba al llegar… Y él había tenido tiempo de pensar. Ya no sentía miedo. Ahora sentía rabia. ¿A cuántos chicos de su edad les había pasado eso mismo? ¿Y cuántos habían tenido su misma suerte? No quería ni pensarlo… pero no podía evitarlo.
Desde ese momento, rodeado de luces de policía, decidió que no permitiría que tipos como aquel camparan libremente a sus anchas haciendo daño a los demás. Haría lo posible para enfrentarse a ellos y llevarlos ante la justicia…
Aquel día había nacido el futuro Guardián de la Ciudad.
Fin
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