El Circo
Jim no había dormido nada la noche anterior. Y durante el día, los nervios habían ocupado la mayor parte de su tiempo. Aquella noche iría al Circo.
Cada año venía por las mismas fechas siempre el mismo circo. Pero aquel año era distinto: uno nuevo se había instalado en las afueras de la ciudad cuando aún faltaban meses para que llegara el de siempre. Jim recordaba cuándo vio el cartel por primera vez: una mezcla de emoción y entusiasmo le embargaron cuando vio la ilustración en la cual salía un domador de autómatas… ¡Lo nunca visto! Y también había acróbatas, payasos, lanzadores de cuchillos… Pero aquel circo tenía algo especial, singular… Tenía que ir. Había convencido a su tío, con el que vivía desde que sus padres murieron en un accidente de coche tres años atrás, cuando él tenía solo ocho años. Este, al principio, se mostraba reticente… pero, tras los insistentes ruegos de Jim, finalmente accedió.
Jim y su tío vivían en una casita tranquila de un barrio residencial de las afueras de la ciudad. No estaban muy lejos de donde se encontraba el circo; de todos modos, tomarían el coche. Jim contaba los minutos…
Y finalmente llegó la noche. Tras comer algo, en previsión de una cena tardía, ambos cogieron sus respectivos abrigos y salieron al exterior de la casa. Se dirigieron al garaje y, una vez que su tío abrió la puerta automática que se elevó enrollándose en la parte superior de la entrada al mismo, ambos subieron al vehículo y pusieron rumbo al Circo.
Cuando llegaron apenas vieron cola en la taquilla. La poca cantidad de coches en la zona de aparcamiento les permitió elegir un sitio rápidamente en aquella parte ligeramente apartada. Era luna nueva. Había nubes solitarias por el cielo negro de la noche…
A Jim no se le había escapado que no parecía haber mucha gente; por lo menos no tanta como cuando llegaba el circo de todos los años: una cola enorme, dificultades para encontrar un sitio en el aparcamiento… Y, además, había algo… tenía una sensación extraña… como si el ambiente estuviera cargado de algo que no podía explicar… Había observado que su tío estaba bastante serio, lo cual no era muy habitual en él… pero no quiso seguir pensando más en ello y se dirigieron al interior de aquella carpa de aspecto viejo y sucio.
Cuando llegaron al interior fue como si hubiesen entrado en otro mundo. Había abundante humo en el ambiente, a pesar de que no había mucha gente fumando en el interior; a pesar de que no había una cantidad enorme de público, sí que prácticamente todas las localidades estaban ocupadas. Pero, por un momento, le dio una impresión extraña: le pareció que aquella gente, los espectadores (por lo menos algunos de ellos)… le miraban… le observaban con una expresión extraña… como si le conocieran…
Vio que su tío se detuvo un momento antes de seguir buscando sitio. Jim se temía que dijera que debían irse de allí… Pero, finalmente, como a regañadientes, se aproximó a dos localidades vacías y le indicó a su sobrino que se sentara en primer lugar…
Allá abajo, en el escenario, no muy lejos de donde se encontraban aún no había nada; ni nadie…
Pasaron varios minutos. De pronto, los presentes iban guardando silencio… y las luces se iban apagando… El Espectáculo iba a comenzar…
Unos tambores comenzaron a sonar, incrementando progresivamente de intensidad… hasta acabar en un fuerte choque de grandes platillos. Al tiempo que esto ocurría, un haz luminoso proyectado por un foco situado en la zona alta de la carpa se encontraba situado a la entrada formada por dos altos y amplios telones de un color rojo apagado… Y de la cual surgió alguien. Era el director del circo. Vestía elegantemente, con su ropa típica de director circense: pantalones blancos ceñidos a su cuerpo con sobrepeso, una casaca roja con botones y galones dorados que parecía a punto de reventar… guantes de un blanco impoluto… botas negras… sombrero de copa del mismo color… y un micrófono en la mano, cuyo cable se perdía semienterrado en la arena del escenario en las profundidades del abismo, de donde parecía haber surgido aquel tipo de barba larga y bigote estilizado de color gris, con nariz aguileña y ojos, que parecían querer salir de las órbitas, de un azul extraño, claro y que parecía ocultar sus pupilas, bajo unas cejas espesas que dibujaban una expresión terrible en su rostro rosado, con el cabello largo y gris oscuro cayéndole por encima de la casaca, sobre un ligero encorvamiento de aquel tipo que andaba de forma extraña, como si hubiese aprendido hacía poco… Entonces, el micrófono emitió un desagradable sonido agudo que casi le dolió a Jim en los oídos…
-¡Damas y caballeros! ¡Bienvenidos al Circo de la Oscuridad!- Exclamó, solemne, como poseído por una fuerza superior que hablara a través de él…
Jim sintió un escalofrío. ¿Circo de la Oscuridad? No se había fijado en aquel nombre… De hecho, no recordaba haberlo visto escrito en ninguna parte…
Pero parecía que él era el único al que esto le llamaba la atención, ya que el resto de la audiencia (incluido su tío) aplaudía encantado… El hombre que estaba ahí abajo miraba satisfecho a su público, esbozando una inquietante sonrisa…
-¡Y ahora… Que comience el Espectáculo!- Bramó el director del circo elevando la voz hasta el cielo de la carpa…
Acto seguido, se dio media vuelta de modo marcial y desapareció entre los telones al tiempo que el foco se apagaba de forma momentánea… Durante largos segundos el público permaneció expectante… en silencio…
Y entonces volvió a encenderse el foco. Pero esta vez no era hacia abajo que estaba enfocado… sino hacia arriba. Allí, en lo alto, sobre una especie de columpio formado por una barra delgada de metal sujeta por dos hilos finísimos que casi ni se veían, se encontraba una figura femenina esbelta y en una postura estirada, con la cabeza hacia arriba, las manos sujetas a los cables y una pierna recogida y otra estirada. Jim se fijó mejor en aquella mujer hipnotizante: iba ataviada únicamente con lo que parecía un bikini de lentejuelas plateadas con piedras brillantes de color azul; aparte de esto, unos guantes blancos que le llegaban casi hasta el codo y una diadema que le sujetaba el largo cabello recogido. Cuando Jim se fijó más aún se dio cuenta de que permanecía con los ojos cerrados… Entre el público se escuchaban murmullos de admiración, tanto por parte de hombres como de mujeres…
De pronto un redoble de tambor comenzó a sonar. La mujer se puso en pie, mostrando claramente sus encantos. Ahora tenía la total atención de los presentes… Y con un progresivo balanceo, comenzó a desplazarse a toda velocidad por el cielo de la carpa, pasando de aquella especie de columpio a un nuevo asidero, girando y dando vueltas en el aire, sin perder aquella enigmática sonrisa… aquel bello ser parecía de otro mundo… A la vez que se desplazaba por el cielo del circo, la acompañaban haces de luz de diferentes tonos de azul, iluminándola en los momentos precisos que quedaba con alguna postura imposible en medio de un salto mortal… La distancia hasta el suelo era enorme… Los tambores también sonaban al ritmo de las acrobacias, acelerándose por momentos, indicando que el final estaba próximo…
Finalmente sonó un gran choque de platillos. La acróbata se detuvo de pie sobre uno de los columpios, mirando hacia el público, recortada por un haz de luz blanca que apenas dejaban ver aquel enigmático rostro que se adivinaba de una belleza sobrenatural, pero que no llegaba a distinguirse… solo los ojos…
Durante un instante, a Jim le pareció que aquellos ojos lo miraban solo a él… Junto a una sonrisa… maléfica. Aún así, fascinante…
La luz se apagó, sumiendo en la oscuridad el interior del recinto. Cuando volvieron a iluminarse algunos focos, aquel ser lleno de sensualidad había desaparecido. Como si solo hubiera sido un sueño…
Ahora era la pista de arena la que estaba iluminada. Volvió a aparecer el dueño del circo, caminando con la cabeza gacha y mirando hacia abajo, quedando su rostro oculto bajo el sombrero de copa… Esta vez no le había acompañado ningún foco; había surgido de la oscuridad…
Se detuvo en medio del escenario.
-¡Damas y caballeros! ¡A continuación un número que nunca habrán visto en ninguna otra parte! ¡Algo increíble! ¡Algo que jamás podrán olvidar…! ¡El Domador de Autómatas!
Había llegado la hora de ver qué era aquello de un domador de autómatas. Jim casi no podía controlar la emoción…
Nuevamente la oscuridad hizo acto de presencia, tras una nueva e inquietante sonrisa de aquel tipo, mostrando los dientes… Cuando volvió a hacerse la luz de golpe, iluminando claramente la pista, el dueño del circo ya no estaba. Como si se hubiera esfumado… Durante algunos minutos no sucedió nada. Incluso había algunos entre el público que parecían ponerse impacientes…
Y entonces comenzó a pasar. Un sonido proveniente del lugar oscuro de donde surgía el dueño del circo llegaba hasta los oídos de los allí presentes… Jim lo escuchaba cada vez con más claridad… parecía el mecanismo de un reloj… varios mecanismos, de hecho… mezclados con pasos y otros sonidos que no sabría definir…
Y entonces aparecieron. Uno a uno, comenzaron a aparecer sobre la pista de arena lo que parecían unos seres mecánicos, de baja estatura y aspecto antiguo, como si fueran niños de más o menos la edad de Jim, que avanzaban torpemente, en ocasiones chocándose unos con otros, y desplegándose, para asombro de los espectadores, por todo el escenario… Tras ellos, apareció un tipo alto, de aspecto severo, con bigote largo y negro, llevando el traje típico de domador de circo, aunque viejo y raído, con un látigo en la mano que no tardó en comenzar a utilizar cuando uno de aquellos autómatas comenzaba a desviarse (cosa que en todo momento parecía a punto de ocurrirles a los demás)…
Llegó un momento en que todos los autómatas terminaron de salir al escenario. Cada uno era una entidad independiente que parecía aislada de todos y de todo lo demás… Su atención se centraba en seguir caminando, sin detenerse, con aquel paso irregular propio de su condición de autómata… Tras unos minutos, Jim vio algo en aquellos autómatas que no le gustó nada: sus ojos. Al contrario que el resto de su cuerpo, aquellos ojos sí que parecían humanos… De hecho, algunos parecían mirar con desesperación en todas direcciones, mientras daba la impresión de que se caerían en cualquier momento debido a sus piernas de precarias articulaciones… Mientras tanto, el brutal domador no dejaba de lanzarles sonoros latigazos cada vez que alguno empezaba a alejarse más de lo normal…
Entonces Jim hizo algo que nadie más hizo. Se puso a observar al público que tenía a su alrededor. Todos estaban ensimismados en aquel espectáculo perturbador; encantados, fascinados… Incluso su tío parecía que no estuviera allí… Algo pasaba en aquel lugar.
-Tío. Voy al baño- le dijo Jim, no muy seguro de que este le hubiese oído…
Sin intentar repetírselo, se levantó y se encaminó hacia una de las salidas, la que llevaba a la zona de carromatos… Una vez fuera, el silencio contrastaba con el ambiente estridente del interior. Miró a su alrededor; la verdad era que sí necesitaba ir al baño…
Se internó entre los pocos carromatos que formaban aquella misteriosa compañía, buscando el lugar donde se debían encontrar las letrinas (el otro circo lo tenía)…
Entonces, al pasar al lado de uno de los carromatos, se dio cuenta de que tenía luz… Jim no pudo evitar asomarse…
Al otro lado del sucio cristal, descubrió al que seguramente era el mago de aquel circo… aunque sus ropas, al igual que las de los otros (a excepción de la acróbata), estaban ajadas y sucias… y era muy malcarado y desaliñado… En aquellos momentos golpeaba con furia con una especie de varita un sombrero de copa (viejo y algo roto) colocado boca arriba y que se doblaba como un acordeón para rabia y frustración del mago, que tenía que ir colocándolo continuamente… Finalmente, este dio un último varitazo. Entonces Jim, semioculto y asomado, abrió mucho los ojos: del sombrero comenzó a emerger un ser horrible, como si saliera de una ciénaga, verde, de ojos amarillos y dientes afilados… El mago comenzó a golpearlo frenéticamente con la varita mientras este trataba de protegerse con una mano enorme de garras temibles… Finamente aquel mago, ahora empapado de sudor, más despeinado aún y con la ropa descolocada, consiguió devolver a aquel ser al lugar del que provenía…
Debían marcharse de aquel circo inmediatamente, pensó Jim. Ya iría al baño más tarde…
Pero antes de regresar para buscar a su tío, algo le llamó poderosamente la atención: uno de los carromatos cercanos tenía la luz encendida… y la puerta abierta. Era como si una fuerza desconocida lo atrajese hasta allí… Jim, prácticamente, no pudo evitar dirigirse hacia aquel lugar…
Mientras escuchaba al mago hacer más ruidos extraños, comenzó a pasar con cautela al interior del carromato… Parecía que no había nadie. Observó atentamente la estancia: el desorden era la nota predominante de aquel sitio; botellas vacías de licor se encontraban apiladas aquí y allá… Jim dedujo que aquel carromato debía pertenecer al dueño del circo; eso quería decir que no tardaría demasiado en regresar…
Y entonces descubrió algo. Un tablón en la pared, torcido, lleno de fotografías: niños. Pero él había visto antes a aquellos niños… y hacía poco… Observó que eran fotos tomadas sin que ellos se dieran cuenta mientras accedían al interior… ¡del circo! ¡De aquel circo! ¿Qué significaba aquello?
Entonces tuvo un mal presentimiento. Miró bien las fotos de aquellos niños y niñas de más o menos su edad que iban llenos de ilusión a ver el espectáculo acompañados de sus familiares, o con amigos…
…Y encontró su propia foto. Era la última. Le recorrió un escalofrío. Y entonces cayó en la cuenta… ya sabía donde había visto antes a aquellos niños… ¡Eran los autómatas!
Entonces escuchó un ruido tras él precedido por un fogonazo blanco; era el clic de una cámara de fotos, antigua… Jim se giró de inmediato y se encontró… al payaso; un tipo de dos metros, de maquillaje terrible y expresión maligna, vestido con ropas chillonas y enormes zapatones, que lo miraba con una sonrisa burlona mientras sostenía una cámara de fotos como las que ya no se encontraban hoy en día…
Jim estaba atrapado. El payaso comenzó a dirigirse lentamente hacia él… Jim buscó desesperadamente a su alrededor para ver si encontraba algo con lo que defenderse… el payaso se sabía victorioso…
Entonces Jim observó el amplio hueco que había entre las piernas de aquel monstruo. Sin pensárselo dos veces, y cuando ya casi lo tenía encima, agarró la cámara y la elevó con fuerza, golpeándole en la barbilla, disparándose la misma… Aprovechando el momento, se deslizó por debajo y salió corriendo al exterior del carromato. Oyó al payaso aullar tras él… Al pasar al lado de otro carromato, vio que también estaba abierto y pudo distinguir que el suelo estaba recubierto de paja… y las paredes llenas de grilletes…
Entonces, cuando se dispuso a seguir corriendo, al girarse, se encontró de nuevo ante el payaso que había llegado dando un rodeo… Este lo cogió por los hombros y parecía que le mordería con aquella boca hedionda de dientes malformados…
En ese momento, una botella se rompió en la cabeza de aquel tipo, el cual perdió el conocimiento de inmediato cayendo al suelo y soltando a Jim, que también cayó a pesar de estar a punto de evitarlo…
-¡Tío!- Exclamó entre alegrándose y sorprendido al ver como aquel hombre tan pacífico sostenía la botella rota con manos temblorosas mientras observaba al payaso tendido en el suelo, boca abajo…
-¡Vámonos Jim! ¡Algo ocurre en este circo!- Le dijo su tío al tiempo que le llevaba hacia donde tenían aparcado el coche…
Llegaron corriendo. Pero había algo extraño. Su coche era el único que había en aquellos momentos en el aparcamiento. El tío de Jim sabía que nadie más se había movido de su asiento cuando él despertó… De hecho, podían oír perfectamente a la gente reír y aplaudir desde el interior de la carpa…
-¡Tío, espera!- Exclamó Jim justo cuando subieron al coche y cerraron las puertas.
-¿Qué pasa, Jim?- Preguntó su tío, muy nervioso.
-Los autómatas… son niños en realidad…- Dijo, recordando inevitablemente que él había estado a punto de convertirse en uno de ellos…
Su tío comenzó a intentar arrancar el coche… que se resistía…
-Iremos a pedir ayuda. Volveremos- aseguró, con su característico sentido de la justicia.
Finalmente el coche arrancó y se fueron de allí.
Más tarde, al llegar a la ciudad, se dirigieron de inmediato a la comisaría de policía y contaron aquella extraña historia. Aún con reticencias, enviaron una patrulla al lugar. Al alba, Jim y su tío aún se encontraban allí, esperando…
El coche de policía se detuvo en el descampado. Los dos agentes bajaron, lentamente, con la boca abierta… Allí no había ningún circo… ni nada parecido…
Pero lo que sí había era un montón de muchachos tirados por el suelo, aparentemente dormidos, iluminados por los primeros rayos de sol de la mañana.
Fin
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